"Dicen que Juan logró escapar de su encierro de Toledo descolgándose por la ventana con una manta. Estaba famélico, apenas podía dar un paso"

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Pedro Charro

Actualizado el 16/06/2024 a las 23:48

Amaneció un día transparente en Ávila, con un cielo que parecía de cristal, y muy de mañana salí a pasear extramuros acompañado del griterío de los vencejos, y me detuve un momento ante la visión de la muralla y la otra muralla de Gredos al fondo, con alguna mancha de nieve todavía, y anduve entre la lápidas del viejo cementerio judío que apareció hace no mucho al hacer un colector, que estaba enterrado seguramente desde 1492, cuando fueron expulsados de esa ciudad y de toda Sefarad, debido a la triste manía de la pureza de sangre. 

El cementerio está justo a espaldas del convento de la Encarnación, donde estuvo Santa Teresa y donde una noche secuestraron y montaron sobre una mula a Juan, el mudejarillo, el pequeño fraile a quien Teresa llamaba “mi senequita”, por ser tan sabio, hijo de la morisca Catalina, y dicen que cuando llegaron sus captores Juan se apresuró a quemar todas sus cartas y escritos en un braserillo que tenía, pues era diciembre y aquello era Ávila, y lo que no pudo quemar se lo comió. 

De allí se lo llevaron a Toledo y lo metieron en un cuchitril sin luz, retrete se llamaba entonces, a pan y agua y a veces un raspa de sardina, de donde lo sacaban solo los viernes a fustigarlo con las disciplinas para que se retractara de no se sabe qué. 

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Allí, en ese zulo, sin pluma ni papel, escribió en su cabeza el poema más sublime que se ha escrito en castellano: el 'Cántico espiritual', que sigue el modelo del Cantar de los cantares en la versión de Fray Luis de León, que el mudejarillo había conocido en Salamanca; un cantar que llevaba también en su cabeza, o quizás se lo había comido cuando fueron por él y lo tenía muy dentro. 

Al tiempo, dicen que Juan logró escapar de su encierro de Toledo descolgándose por la ventana con una manta. Estaba famélico, apenas podía dar un paso, un Ortega Lara debía parecer, y a duras penas encontró refugio en un cercano convento de monjas descalzas. Estaba tan desvalido y demacrado que las monjas, alarmadas, para recuperarlo, le dieron aprisa unas peras al vino con canela.

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