"Kafka sabe captar lo ridículo y mostrárnoslo igual que lo hizo Cervantes, igual que Buster Keaton o Charles Chaplin"

thumb

José María Romera

Publicado el 01/06/2024 a las 05:00

Para suerte nuestra, Max Brod traicionó a su amigo Franz Kafka negándose a quemar sus manuscritos, pero cometió otra traición menos perdonable: la de hacernos creer que Kafka fue un escritor sombrío y atormentado. Cien años después de su muerte -que se cumplen este martes 3 de junio-, todavía pesa sobre el autor checo la imagen trágica de un hombre atrapado por la angustia que transmite en sus obras la desesperada visión de la existencia humana como una condena en medio de la injusticia, el dolor y el absurdo de la que no es posible escapar. Pero Kafka no es así. O al menos no del todo. Si su obra ha atravesado el siglo XX y ha llegado hasta nuestros días es porque en esos laberintos agobiantes que nos suele describir penetra un hilo luminoso de comicidad, un humor bondadoso y alegre que asoma incluso en las situaciones más cercanas a la pesadilla. Que la vida sea en última instancia incomprensible, tal como lo manifiesta en sus escritos, no significa que deje de dar motivos para la risa. “Buscad el ridículo en todo: lo encontraréis”, proponía su coetáneo Jules Renard. Kafka sabe captar lo ridículo y mostrárnoslo igual que lo hizo Cervantes, igual que Buster Keaton o Charles Chaplin, otros maestros en aparentar normalidad en medio del desconcierto. Quienes lo conocieron en vida lo retratan muy alejado del Kafka oscuro, grave, misterioso y huidizo que tendemos a imaginar. Gracias a ellos sabemos que era un hombre educado y simpático, de risa fácil y gustos sencillos, poco dado a la estridencia sentimental y menos aún a la fatua solemnidad de quienes se toman demasiado en serio a sí mismos. Y la vez gozaba -o padecía- de una sensibilidad extrema y una inseguridad patológica, en una suerte de paradoja que explica la complejidad de su mundo literario. Kafka hace que lo normal parezca extraño y que lo extraño se vuelva normal, ya sea convirtiendo a un individuo en insecto, ya sea atrapando a otros en las redes de la burocracia o en la sinrazón de lo cotidiano. No alecciona, no predica, no teoriza. Se limita a mostrar, a veces con horror, otras veces con asombro, y a menudo con humor, pero siempre siguiendo el consejo de Lichtenberg: “Como todas las sustancias corrosivas, el ingenio y el humor deben usarse con cautela”. No se priven del placer de leerlo.  

Etiquetas:

    Continuar

    Gracias por elegir Diario de Navarra

    Parece que en el navegador.

    Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

    Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

    Suscríbete ahora