"Aquí tuvimos la coleta serpeante de Pablo Iglesias; en Inglaterra, el peinado batidora de Boris Johnson; en Estados Unidos el pelo panocha de Trump"

Publicado el 26/05/2024 a las 05:00
Cuando Milei alzó la sierra mecánica, como si protagonizara 'La matanza de Texas', y se hizo con el poder, muchos nos preguntamos hasta dónde había llegado el hartazgo de los argentinos para votar a semejante orate. Como otros demagogos capilares, el disimulo queda descartado. Es, precisamente, el exabrupto, la amenaza y el insulto, lo que busca la demagogia, la política de barra brava. Eso, y llevar un peinado como si acabaras de chupar un pararrayos. El peinado extravagante como símbolo antisistema ya lo inventó el rock en los años cincuenta del siglo pasado, y el punk lo llevó a su máxima expresión mohicana a finales de los setenta. Aquí tuvimos la coleta serpeante de Pablo Iglesias; en Inglaterra, el peinado batidora de Boris Johnson; en Estados Unidos el pelo panocha de Trump, y no se puede descartar que pronto veamos un primer ministro con el pelo de Eduardo Manos Tijeras. Frente a estos desmanes peluqueros, Sánchez trata de llevar la raya del pelo más recta que Cary Grant, sus asesores de imagen le ponen y quitan canas en el tupé y en las sienes, estas muy suaves porque en ningún caso quieren recordar a las sienes níveas de Felipe González. Sin embargo, su política es, en el fondo, un rock siniestro, pero refinado, al estilo de The Cure. En la Gran Vía se exhibían dos hermanos en edad de ser abuelos perfectamente uniformados de heavys. No les faltaba ningún apero. Uno se preguntaba cuánto tiempo dedicaban a amueblarse antes de salir a la calle para reivindicar una estética antisistema. Muy cerca de mi casa había una peluquería llamada “Juan, por Dios.” Nunca entré. Sánchez seduce a la peña del partido socialista, pero debajo del traje apuesto a que lleva el cuerpo más tatuado que Sergio Ramos. Con su apostura de galán, se le ve encantado en la refriega con el loco del Cono Sur. Más aún con el apoyo incondicional de Vox y de algún alcalde del PP que quita el nombre de una plaza a Francisco Rabal. Entre los ultravox y los torpes, Sánchez sigue vendiendo su marca de crecepelos.