"Lo llaman normalización, que es el nuevo nombre del embrutecimiento"

Actualizado el 21/04/2024 a las 12:29
Al comienzo de la pesadilla se dijo que no soportaríamos desayunarnos todos los días con las noticias de tanto horror, pero, transcurrido cierto tiempo, aquí estamos tan campantes disfrutando la comida, la merienda y la cena delante de ese horror multiplicado por cien. Lo llaman desensibilización, que es el nuevo nombre de la indiferencia. Habría que inventar otra palabra, porque asistir impávidos a la matanza de decenas de miles de niños en Gaza, a la conversión en escombros de ciudades ucranianas enteras o al bombardeo inapelable de refugios y hospitales con pacientes incluidos no es algo que encaje en nuestros planes de mejora y crecimiento humano. Pero quizá no sería justo hablar de deshumanización, sino más bien de autodefensa. Llegados a este punto, el único escudo antimisiles a nuestro alcance es la práctica de la vida diaria como si tal cosa. Es decir, la toma de distancia respecto de la guerra como si nunca fuera a acercarse hasta el suelo que pisamos. El problema es que ya llegó hace tiempo, si no en forma militar, sí en otros teatros de operaciones que van desde la bolsa de la compra hasta las palabras de la conversación. Lo llaman asimilación, que es el nuevo nombre del daño tóxico sufrido sin rechistar. Solo el impacto violento de un proyectil sobre los campos de olivos puede explicar la subida del precio del aceite hasta la altura de un hongo nuclear. Y solo por la penetración del espíritu cuartelero en nuestras mentes se entiende la naturalidad con la que hablamos de armamento, artefactos de la tecnología bélica, táctica ofensiva y operaciones militares donde hasta ayer hablábamos de valores democráticos y derechos humanos. Lo llaman normalización, que es el nuevo nombre del embrutecimiento. Este belicismo soterrado que respiramos y que devolverá a nuestros nietos a la mili no impide, sin embargo, que al contemplar en la televisión los estragos de la guerra como quien asiste a una película de Netflix o a una final de tenis en Wimbledon lo hagamos convencidos de que eso nunca nos pasará a nosotros. Como si las bombas solo fueran estados de ánimo y a los tanques se les pudiera combatir con ansiolíticos. Lo llaman sesgo optimista, que es el nuevo nombre de la pérdida del sentido de la realidad.