Semana Santa: sociología del dolor

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Luis Sarriés

Publicado el 01/04/2024 a las 05:00

Aunque los valores y las creencias religiosas se vayan debilitando progresivamente y nos encontremos cruzando el umbral hacia una sociedad occidental postreligiosa, es un hecho que la Semana de Pasión y la Semana Santa siguen aportando todavía, a la sociedad española, un caudal de sentimientos y emociones colectivas que fluyen a través de los actos religiosos, sobre todo, de las procesiones. Se trata, en cierto modo, de compartir el dolor de Jesús que los diferentes “Pasos” desparraman en silencio por las calles y que recogen los momentos más significativos de su “Pasión y Muerte ”. Los suaves atardeceres de la primavera, las filas de “hermanos” que ocultan sus rostros con capirotes y antifaces, el ruido seco de los tambores, las procesiones que ponen en movimiento, con cada “Paso”, el dolor que comienza con la oración de Jesús en el Huerto de los Olivos, la condena a muerte por Pilatos, su agónico caminar con la cruz (via crucis) hacia el monte Calvario hasta su crucifixión y muerte, no es vivido por el creyente como algo que pertenece a la historia. Gran parte de quienes participan activamente quieren acompañar, en su interior, el sufrimiento de una persona, Jesús, que tiene presencia en su vida.

Los actos comienzan tradicionalmente con las procesiones de la Virgen Dolorosa, Viernes de Pasión, que muestran su corazón atravesado por siete espadas, símbolo de los siete momentos más amargos que marcaron su vida. La sociedad ha reaccionado con desagrado y rechazo ante el cartel de la Semana Santa de Sevilla, del artista Salustiano García, calificado por algunos como “vergonzoso y blasfemo”, que presenta un Jesús joven, desnudo el torso, triunfador, sin marca de dolor en sus manos o en su frente, cuando el centro de la Semana Santa es un Cristo sufriente, arrastrando con fatiga la cruz, coronado de espinas, crucificado y agonizando en el Calvario, mientras el silencio de aquella larga tragedia es quebrado por el llanto de su madre y por el sonido seco de las gotas de sangre que caen intermitentemente sobre la tierra.

Detrás de toda esta escenografía hay una propuesta para que el hombre pueda encontrar una respuesta al dolor y la muerte y abrir una vía para que el dolor no degrade al hombre, sino que lo dignifique. Desde que Dios castigó a Adán en el Paraíso a trabajar y sufrir para ganarse el pan de cada día y a la mujer, Eva, a parir con dolor, el hombre ha necesitado encontrar alguna razón, que dé sentido y horizonte al dolor y a la muerte.

El dolor y el sufrimiento son algo que nos acompañan a lo largo de la vida. Unas veces es el dolor físico, como las enfermedades. Otras veces el dolor psicológico y moral, la muerte de un familiar, una separación, un despido laboral, un fracaso, una burla. El consejo que con frecuencia damos a otras personas para que soporten el dolor, diciendo “no hay mal que mil años dure”, es un argumento circular y negativo que no abre la posibilidad a otra alternativa. Pero el hombre necesita algo más. Esto explica que las diferentes religiones intenten superar el umbral del dolor y de la muerte con la esperanza de que el dolor tiene un valor para las personas que lo sufren y la muerte es un paso a otra realidad.

Desde una perspectiva sociológica, una de las funciones que cumplen las religiones es ofrecer a sus fieles una razón para aceptar el dolor y el sufrimiento. En concreto la fe cristiana es capaz de convertir el dolor, la muerte en algo positivo. “Loado seas mi Señor por la hermana muerte”, cantaba Francisco de Asís en su famosa oda a las criaturas.

Otra función de la religión relacionada con el dolor es la esperanza de que Dios intervenga en la solución de un problema que nos agobia. Las mujeres que caminan descalzas, algunas arrastrando cadenas, detrás de los Pasos, en las procesiones de Semana Santa, llevan en sus labios una petición, una promesa o un agradecimiento.

Estamos observando un proceso, que irá a más, de secularización y vanalización de las procesiones. Hay quienes las ridiculizan, las reducen a folklore o se burlan de las imágenes que representan personajes o episodios de la Pasión. Nada nuevo. Estas actitudes las encontramos ya en los dos ladrones crucificados con Jesús y en los judíos que, durante las tres horas de su cruenta agonía, se burlaban “si eres rey de los judíos, baja de la cruz”.

Desde la sociología de la religión interesa analizar el fenómeno de cómo los pueblos y ciudades viven la Semana Santa, qué efectos producen en los creyentes las manifestaciones colectivas de religiosidad, la expresión de sus sentimientos tanto a nivel de individuos como de grupo. Y, aunque caminamos hacia una desacralización de las procesiones, es evidente que la religión sigue cumpliendo, en muchos casos, un papel importante, dejando abierta una ventana a la esperanza, fortaleciendo sentimientos y creencias que cohesionan los pueblos y las familias.

Luis Sarriés Sanz es Catedrático de Sociología

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