¿Reencarnación o resurrección?

Publicado el 29/03/2024 a las 05:00
No solo los que profesan religiones hinduistas y el budismo -es decir, unos mil millones de personas- se adhieren a la idea de la reencarnación, sino que lo hacen también los que, con diversas variaciones, profesan ciertas religiones africanas e iberoamericanas, que se sienten profundamente vinculadas con los antepasados, con la naturaleza o con ambos. Y no hay que olvidar las innumerables formas nuevas de religiones sincretistas que van asentándose en los países industrializados. Mencionemos no solo la teosofía y la antroposofía, sino también lo que solemos describir como “espiritismo”, “ocultismo”, “Nueva Era”, “esoterismo”… Lo cierto es que la idea de la reencarnación está causando una fascinación inesperada en los países occidentales, incluso entre cristianos.
Cuántas veces, esa frase, cada día más frecuente y enigmática: “Allí donde esté…”, referida a un difunto, no solo sustituye al “cielo” tradicional, sino que va mucho más allá.
Y es que nos preocupa a todos la cuestión acerca del origen y el futuro del hombre. Nos preocupan la injusticia y el mal, la desigualdad y el sufrimiento, y a veces buscamos a quién achacarlos. Nos preocupa nuestra vinculación con los antepasados, con las personas a las que amamos más allá de los límites de la muerte. Conocemos igualmente la idea de un “camino de purificación”, tan necesaria a todo ser humano, que la vieja teología plasmó en la doctrina del purgatorio, y vivimos la experiencia de las “oportunidades perdidas”, de las propias limitaciones y de las muchas posibilidades que no se alcanzan nunca en esta vida, camino de un siempre deseable “perfeccionamiento personal”. Todo esto tiene mucho que ver con la idea de la reencarnación.
Y también con la resurrección, que esperamos los cristianos. La fe en la resurrección -tránsito de la muerte a la vida inmortal- se desarrolló en una época relativamente tardía de la historia bíblica. Pero no es un cuerpo extraño en esa historia, sino expresión de elementos originarios de la fe en Yahvé. Esa fe en la resurrección poco tiene que ver con el alma inmortal del hombre, de la que hablan los autores griegos, sino que se refiere enteramente al hombre corpóreo. Siendo imposible desde el punto de vista de la naturaleza humana, la idea desconcertante y provocadora de la resurrección es la expresión del verdadero poder y de la generosa acción de Dios.
La resurrección de los muertos, en la tradición del judaísmo antiguo y en la del cristianismo primitivo, dice relación directa con la expectación del final de la historia actual, limitada y hasta caótica, de nuestro mundo.
La fórmula más antigua en la que se expresó la fe pascual es la enunciada varias veces por el apóstol Pablo al hablar de “Dios, que resucitó a Jesús de entre los muertos”, subrayando luego la relación íntima entre esta acción de Dios en Jesús y su voluntad salvífica en favor de todos los hombres que creyeron en él: “Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó”.
Con la fe del cristianismo primitivo en la resurrección de Jesús se asocia la expectación de su nueva venida como Hijo del hombre y Juez, que viene a traer definitivamente el reinado de Dios. El caso de Jesús no es un caso particular y aislado: es el ejemplo definitivo porque es el testigo especial de la cercanía divina, el último mensajero de su sabiduría, en cuya misión se hizo patente la reconciliación de Dios con el mundo como creación.
Lo que representa el Jesús terreno lo transmite el Resucitado por medio de su Espíritu. No estaremos purificándonos durante toda una eternidad: Dios nos purificó -nos salvó- un día para siempre.
Víctor Manuel Arbeloa. Escritor