"El idilio empezó a enfriarse cuando las divisiones tractorizadas se excedieron en la ocupación de zonas civiles"

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José María Romera

Publicado el 09/03/2024 a las 05:00

En las últimas semanas los urbanitas hemos tenido la oportunidad impagable de asistir al encuentro inusual del campo y la ciudad. Al principio lo agradecimos. Como no todos los días puede verse desfilar por las avenida a quienes nos procuran el sustento, daban ganas de aplaudir si no fuera porque la visita de los agricultores hizo llegar tarde al trabajo a más de uno. Pero, vamos, lo normal en jornadas de huelga y de manifestación reivindicativa. La representación del agro contaba con nuestras simpatías: demandas justas aparte, encarnaba a su manera la resistencia contra una globalización implacable que nos impone sus reglas sin clemencia. Se empieza regulando el uso de transgénicos y se acaba deshumanizando las hortalizas, robotizando la despensa, contaminando de algoritmos el menú nuestro de cada día. Así que por un rato todos fuimos agricultores al modo instagram, es decir, sin coger la azada pero pinchando con fervor solidario en el icono del corazoncito. Luego el idilio empezó a enfriarse cuando las divisiones tractorizadas se excedieron en la ocupación de zonas civiles, y la cosa se torció del todo con el paso de las quejas a los disturbios y de las pancartas a los escraches con insultos soeces incluidos. La escalada épica alcanzó la cumbre con el intento de asalto al Parlamento del pasado jueves, que no merece mayor comentario porque ya lo han contado al detalle los corresponsales en el frente de guerra. Lo llamativo fue la reacción posterior de los asaltantes, quienes después de embestir a la puerta del edificio contra el cordón policial con un ímpetu de marcado carácter agrario se replegaron como mansos corderos esgrimiendo una justificación impropia de gente esforzada. No fueron ellos, fueron sus nervios, vinieron a decir. Hombre, sí, suele ocurrir que la gente está nerviosa cuando llega a las manos, pero eso es excusa a partir de la adolescencia. Lo gallardo habría sido asumir la culpa. O llevar la protesta a niveles heroicos. Irrumpir con una cosechadora en el salón de sesiones, por ejemplo. Alfombrar de estiércol el paseo de Sarasate. Inmolarse a lo bonzo al pie de la estatua de los Fueros, cantando a coro aquello de Zapato Veloz. La simpatía ya la tenían perdida, pero habrían conquistado nuestra admiración.

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