"Memoria"

Actualizado el 25/02/2024 a las 10:34
Van a cumplirse cuatro años desde aquellos meses aciagos en los que nos consolábamos hablando de las lecciones de la pandemia, cuando los aplausos desde los balcones nos hacían sentir mejores. Quizá lo fuéramos, pero con el tiempo hemos ido sabiendo que también florecían los peores. Sobre las tumbas de aquellos a quienes entonces honrábamos con respeto sobrecogido medraban logreros como el tal Koldo y afianzaban su carrera política líderes pintureros como Díaz Ayuso, quien días atrás justificó la desatención a los ancianos de las residencias con el argumento inapelable de que “se iban a morir igual”. Hay ahí toda una declaración de principios. “Iban a morir igual” es una de esas frases que, si te dejas llevar de su mano, te conducen a regiones morales cenagosas donde la vida y la dignidad de los mayores carecen de valor alguno. Quien es capaz de pronunciarla sin que le tiemble la voz queda inhabilitado de por vida para ocupar cargo o empleo público que no sea el de sepulturero. A cuatro años vista, es evidente que los muertos poco cuentan. En la marcha hacia el progreso apenas valen lo que aquellas florecillas pisoteadas al borde del camino que mencionaba Hegel. Sostienen los más optimistas que incluso en las peores desgracias la vida siempre acaba abriéndose paso, como oigo decir en la radio a una politóloga a propósito de la normalización de la guerra -dos años ya, justamente hoy- en el día a día de los ucranianos que llenan las discotecas y los locales de ocio nocturno. Esta idea de la vida que se abre paso goza de bastante prestigio porque ofrece una vía de esperanza y alivia de las pérdidas dolorosas, pero no las restituye. No es la vida de antes, porque faltan los que murieron. Váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza, hace decir Cervantes a Sancho Panza en el Quijote, o sea: el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Advierte el filósofo Reyes Mate que, si los muertos no importan, entonces la felicidad no es cosa del hombre sino del superviviente, y concluye: “Solo podemos avanzar mirando el retrovisor”. Una memoria de la pandemia que no hace justicia con sus víctimas no merece la metáfora machadiana de los brotes verdes, sino que más bien evoca el lamento de Bécquer: “Dios mío, qué solos / se quedan los muertos”.