Una noche en la UCI

Publicado el 23/02/2024 a las 05:00
Había llegado tranquilo, pero, eso sí, con el correspondiente pellizco emocional en el estómago, con ese vértigo del alma que conlleva el enfrentarse a lo desconocido; no obstante, con total convencimiento y esperanzada determinación. No deja de ser curioso cómo apenas nos fiamos de compañeros de toda la vida y, a su vez, en las manos de unos profesionales que acabamos de conocer entregamos sin reserva alguna nuestro cuerpo y, en cierta manera, también nuestro espíritu. Paradojas de la supervivencia, la desconcertante lógica de nuestra titubeante existencia (si nos aseguraran la curación todos iríamos a Lourdes) cuando la salud está en juego. Pero es que en esas manos reside en buena medida la calidad y la continuidad de nuestra vida. Enfrascado estaba en tan profundas y metafísicas reflexiones cuando me sorprendió un fulminante sopor. Me desperté al momento. Habían pasado cinco horas. La magia de la anestesia.
Todavía confuso y un tanto dolorido me fui despabilando en aquella sala luminosa repleta de monitores, pulsioxímetros, respiradores y otros muchos sofisticados artilugios que acompañaban mi cuerpo asaeteado como un san Sebastián cualquiera: la sonda, el drenaje, la vía para la medicación y otra más de reserva por si hubiera necesidad de una trasfusión, las flechas del amor. En frente, un reloj de pared me sonreía burlón. Dos enfermeras y una médica encantadoras me dieron la bienvenida. Incondicionales y a mi total disposición me atenderían a la más mínima necesidad. Sólo les faltaban las alas. Entrañables y reconfortantes sus sonrisas y aquellos sutiles apretones de manos. ¿Tendría razón aquel que sentenció que lo más profundo del ser humano es la piel? Un acompañamiento de lujo. Nada que envidiar al del hidalgo más universal: “nunca hubo caballero de damas tan bien servido como fuera don Quijote cuando de la aldea vino”, como lo describiera Cervantes,
Y llegó la noche, me tocaba descansar y necesitaba dormir, pero me resultó imposible. Demasiadas voces, ruidos inoportunos y mis neuronas totalmente desbocadas en su particular frenesí. ¿Efectos colaterales de la sedación? Para colmo de males el sarcástico de la pared, entumecido, parecía ir marcha atrás. Al borde de un ataque de nervios traté de calmarme pensando en positivo: había salido airoso del trance quirúrgico y, aunque totalmente indefenso, me sentía protegido y diligentemente acompañada esa soledad angustiosa que sentimos ante la enfermedad. Como para estar contento y relajado, pero no había manera. En un alarde de chulesca autosuficiencia traté de usar mis maravillosas técnicas psicológicas para apañar aquel sádico desvelo. Craso error. En casa del herrero, cuchillo de palo. Con mayor virulencia, si cabe, se amontonaron en mi cabeza mil deslavazados pensamientos que se sobreponían inconexos en un alocado pandemónium y que para darle más vidilla a la fiesta culminaron con el siempre agobiante tema de la muerte, aunque, paradójicamente, me debió propiciar el anhelado sueño pues la última imagen que recuerdo es cómo al personal de quirófano les recitaba exultante las Coplas a la muerte de su padre del amigo Jorge Manrique. Ya estaba soñando.
A la mañana siguiente me comunican que me trasladan a planta. ¡Qué alivio! Descansado y con la mente despejada, buen momento para recapitular: inolvidable la experiencia, infinita la noche e infinito el agradecimiento a aquellos profesionales que situándose a la altura del corazón del paciente comparten emocionalmente su enfermedad. Ese juego compasivo que ahuyenta soledades y genera ganas de vivir y que tanto necesitamos los enfermos. Sin duda, una noche reveladora, casi mística, no tan divertida como aquella Noche en la ópera de los hermanos Marx, pero para nada, menos apasionante. Una noche en la UCI, una noche de insomnio y de esperanza.
Luis Arbea Aranguren. Psicólogo y Filósofo