"Cuando tengo un problema recurro a mis amigas tímidas, a las introvertidas"

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Jose Murugarren

Publicado el 16/01/2024 a las 05:00

"Cuando tengo un problema recurro a mis amigas tímidas, a las introvertidas”. Lo dice una mujer en la cafetería. Yo leo el periódico y mi atención, que es volátil y está en manos de los caprichos del cerebro, se me va de la noticia de las listas de espera a mis vecinas de mesa. Ellas toman café, cruasán y comparten charla animadamente. La más comunicativa, habla y habla. La otra, presta atención. “Si discuto con mi hijo o si quiero contar un disgusto con mi marido no recurro a las personas más abiertas”. ¿Por qué?, pregunta la amiga en su primera intervención en diez minutos. “Porque son entusiastas de la vida, personas extrovertidas y hablan mucho. Son dadas a las relaciones sociales y me roban el espacio que necesito para explicarme”. La confesión me sorprende por la sección de Navarra. El periódico pasa de publicación a parapeto así que afilo el oído y me oculto de mis vecinas entre sus páginas. Me siento un fisgón, pero me alivia saber que un periodista que pega la oreja no es un cotilla. “Es gente que cuenta a la gente lo que le pasa a la gente”. Se lo leí al italiano Eugenio Scalfari, director y fundador de La Reppublica de Roma. “Prefiero a una persona reservada que hable poco y escuche mucho continúa la mujer” mientras su compañera, elegida para la ocasión, permanece muda. Observa, asiente, retira la cucharita de la taza y toma el café a sorbitos como si quisiera amortiguar ruidos para no alterar la emoción que pone al relato su amiga. Ella sí habla, extiende y recoge las manos, gesticula y cuenta que su hija adolescente se le ha enfrentado por algo tan simple como que no quería bajar al perro a la calle. “Se ha cabreado y me ha gritado. Ha sido tremendo”, exclama. - “¿Y por eso te ha parecido que tenías que quedar conmigo?”, pregunta la mujer introvertida.

- “Se ha metido en la habitación y ha dado un portazo”, prosigue. “Menudo disgusto. Necesitaba llamarte y liberar la angustia”. -“Eso es la adolescencia”, replica la mujer silenciosa. “Que tu hija dé un portazo y a ti no te quede otra que aceptar que esa reacción es su derecho a estar sola…”. La mujer habladora mira a su amiga, calla un instante y al hacerlo enfatiza el valor del silencio creado. - “¿Lo ves? En diez segundos das en el clavo. ¿Por qué hay personas que hablan y hablan y no callan en lugar de ser más concisas y más precisas? Otro café y te cuento la última en el trabajo”.

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