La intervención pública en la economía

Publicado el 14/01/2024 a las 05:00
Se están aprobando en nuestro país unas leyes promovidas por el gobierno y sus socios -algunas muy recientes- que ni el más sofisticado partidario de la intervención de la Administración Pública en la vida económica y social hubiera nunca soñado. ¿Cómo puede calificarse, al margen de justificaciones poco creíbles y todavía menos ortodoxas, la compra por parte del gobierno de una participación del 10% de Telefónica, cuando posee instrumentos eficaces para salvaguardar los intereses nacionales en una empresa estratégica como la citada?
¿Debe el Estado intervenir, y hasta qué punto, en el mercado? O, por el contrario, ¿tiene que actuar como un árbitro para que las reglas del mercado no sean vulneradas por quienes buscan solamente su propio provecho? Este es el debate que dividió en gran parte del siglo pasado a los economistas más reconocidos: Keynes y Hayek, Samuelson y Friedman. Dos parejas con visiones antagónicas uno del otro y de los que Nicholas Wapshott ha escrito sendos libros de gran interés.
La economía como ciencia nació hace más de doscientos años y uno de sus padres más notable es el escocés Adam Smith. Desde muy temprano, aunque no de modo inmediato, se presentaron razonamientos -unos a favor y otros en contra- sobre la intervención de los gobiernos en la economía y, por tanto, en el mercado. Este debate subsiste hasta hoy, aunque no con las aristas- verdaderos estiletes- y la elegancia con la que se plantearon en la segunda mitad de siglo veinte.
Paul Samuelson es uno de los economistas más reconocidos y su libro Economía ha sido leído y estudiado por millones de personas. En una ocasión comentó que Keynes fue uno de los tres economistas más grandes de la historia y cuando se le pidió que nombrara a los dos restantes afirmó: “Adam Smith y Léon Walras”. Pero fue quizá el propio Samuelson quien contribuyó como nadie al conocimiento generalizado de los conceptos básicos de la economía entre el gran público.
Hasta hace poco tiempo, la mayor parte de la sociedad desconocía el significado de términos como “inflación” (extraña palabra sólo en boca de los académicos), el “euribor” (propio de la banca), “deuda pública” y su relación con el “producto interior bruto” (para economistas), etc. Se puede afirmar que los medios de comunicación han ejercido un papel educador en el público en la medida en que han puesto a su alcance un conocimiento que consideraban esotérico y por el que mostraban escaso interés. Nadie desconoce ahora que la inflación envilece el valor de la moneda. Y los gobiernos, en un proceso continuado de incremento de los precios, pueden confiscar secreta e inadvertidamente una parte importante de la riqueza de sus ciudadanos (Keynes). De hecho, en nuestro país, el Ministerio de Hacienda, durante el año que ha transcurrido, ha recaudado miles de millones de euros más de lo previsto debido a la inflación, que ha adquirido carta de naturaleza en las conversaciones cotidianas. Por fortuna parece que se modera, aunque veremos lo que sucede cuando determinados incentivos que, por el momento, mantiene el gobierno, desaparezcan.
Un gobierno responsable -los hay que no lo son y solo buscan su propio interés, que es siempre mantenerse en el poder- ha de coordinar adecuadamente estos tres fines: la libertad individual, la justicia social y la eficiencia económica. Las economías de los países comunistas no cumplen con ninguno de estos parámetros: sólo consiguen empobrecer a toda la sociedad y no tenemos más que contemplar las tensiones en nuestro país donde en el mismo gobierno se dan la cara posiciones tan opuestas. Pero se necesitan unos a otros y no rompen, como sería lo lógico. La poltrona es muy satisfactoria. Por otro lado, las economías de libre mercado -con sus matices- cumplen, más o menos, dos de esas condiciones y han de esforzarse en que la justicia social -la que más cojea en sus políticas- se enfoque más atinadamente.
A Gary Becker (1930-2014) se le concedió el Premio Nobel de Economía en 1992 por su contribución del análisis microeconómico al comportamiento humano, al capital humano y a la familia. Fue muy crítico con el déficit público -al que es tan aficionado la izquierda, claro está, porque el dinero no es suyo- y un defensor a ultranza de la formación del capital humano. Cuando la formación mejora, las oportunidades de trabajo aumentan. No se comprende cómo puede haber tantas personas sin trabajo que cobran el paro –no digamos los que viven del puro subsidio público- sin que a cambio se les exija trabajar (salvo los impedidos), por ejemplo, en las calles y jardines públicos y obras públicas de naturaleza diversa. Incluso hay personas -y no son pocas- a las que no les compensa trabajar si pueden vivir con lo que les da el Gobierno. El que no trabaje que no coma, lo dijo Pablo de Tarso hace dos mil años.
Francisco Errasti. Economista