"¿Infeliz año nuevo?"
"El crecimiento económico parece depender del talante anímico de los productores y consumidores"

Publicado el 05/01/2024 a las 05:00
El Instituto Demoscópico Allensbach (IfD), fundado en 1947, es uno de los centros de estudios sociológicos más famosos de Alemania. Desde 1963 realiza cada mes de diciembre una encuesta sobre el ánimo con el que la población alemana afronta el nuevo año. Los resultados correspondientes a diciembre de 2023 son los más negativos de la historia: tan solo el 16 % de los encuestados se declara satisfecho con la situación actual, mientras que el 72 % se siente infeliz y encara el 2024 con temor. Los que consideran que vivimos en tiempos inseguros eran el 45 % en 2019, el 68 % en 2022 y el 76 % en 2023.
Más allá de medir el estado de ánimo de la gente, el informe de Allensbach tiene una particular relevancia para la economía y, por extensión, para el conjunto de la sociedad: la experiencia de estos decenios confirma que el desarrollo de la economía de cada año refleja fielmente la expectativa formulada en el diciembre anterior. A climas de opinión optimistas ha correspondido siempre un año bueno para la economía; y al revés: cuando en diciembre se ha registrado pesimismo, el año siguiente ha sido malo en términos económicos. Se da así una especie de profecía autocumplida. Una vez más, comprobamos que la actitud previa suele determinar en buena medida el resultado de nuestro comportamiento, y esto vale tanto para las acciones menudas de la vida cotidiana como para el ámbito macrosocial. El crecimiento económico parece depender del talante anímico de los productores y consumidores.
Esa actitud negativa ante la vida se advierte de modo especial en la juventud. En opinión de Mirjana Vidakovic y Evelyne Uhrig, directoras médicas del Centro Psiquiátrico Appenzell Ausserrhoden (PZA), uno de los hospitales más prestigiosos de Suiza, la generación joven no se encuentra bien. Las doctoras explican las razones del malestar juvenil: “Intervienen diversos factores, como los años de pandemia, los medios sociales, la presión para triunfar en el estudio o en el trabajo, la falta de ejercicio físico, los trastornos alimentarios, el rechazo al propio cuerpo. A eso se añade la situación del mundo en general: guerras y crisis por doquier. Los jóvenes de hoy se sienten desbordados, sin un apoyo que dé seguridad a sus vidas. Están expuestos a una continua estimulación sensorial a través de las pantallas y muchos no consiguen filtrar adecuadamente ese caudal de información, sus cerebros se ven superados. A la vez, se debilitan los factores tradicionales de resiliencia como el apoyo de una familia estable, la comunicación interpersonal cara a cara y la existencia de un sistema de valores compartidos. Ante una situación tan compleja, las mujeres caen fácilmente en depresión mientras que los varones tienden a mostrar reacciones agresivas”.
He recorrido Centroeuropa en las semanas previas a la Navidad, y en mis encuentros con estudiantes he podido confirmar tanto las observaciones de Allensbach como el diagnóstico de las psiquiatras suizas. No se trata de un fenómeno específicamente centroeuropeo; registro la misma experiencia en España o en América. En todo caso, lo diferencial de Suiza, Austria o Alemania sería el más elevado nivel de vida de su población, lo que torna paradójico el sentimiento de crisis: los que mejor viven son los que más se quejan (claro que la psicología también nos dice que el nivel de insatisfacción no depende tanto de las carencias absolutas, como de las expectativas defraudadas. Quien tiene mucho, pero aspira a más o teme perder lo que ya posee, se siente desgraciado).
Al hilo de clases y conferencias me veo interrogado por estudiantes europeos y americanos (los asiáticos exhiben otra actitud) sobre el futuro de la sociedad. Hay inquietud por la evolución del mundo, los jóvenes perciben que abrirse camino no es fácil y que probablemente acabarán viviendo peor que sus padres. Acumular títulos académicos -grados y posgrados- no asegura el acceso a un trabajo bien remunerado. Pensar en fundar una familia y acceder a una vivienda digna suena a utopía. Cuando el futuro se vuelve incierto, incluso amenazador, el joven se recluye en el presente. El carpe diem se convierte entonces en la pauta que orienta tantas conductas adolescentes. “¿Y qué pasará si este mundo se va al garete?”, me preguntan muchos con inquietud. Los riesgos son imponentes: guerras, inflación, burbujas -de la vivienda en China, de la deuda en Occidente-, estancamiento económico, polarización y populismo, crisis medioambiental, envejecimiento demográfico, posibles pandemias… No tengo la solución a tanto problema, pero mi respuesta es sencilla: si el sistema implosiona, como la vida no se va a extinguir en el planeta (al menos a corto plazo), vosotros, los jóvenes, tendréis que trabajar para levantar un nuevo mundo, probablemente con otras reglas. La tarea suena ímproba, pero afortunadamente hay una minoría de jóvenes muy bien preparada, seguramente la mejor formada de la historia, que deberá liderar ese proyecto.
Alejandro Navas. Sociólogo