"Pesimista con vocación de alegría"

Publicado el 03/01/2024 a las 05:00
Me hubiera gustado comenzar el año con una disposición alegre y optimista, pero viendo lo que veo, no lo puedo remediar, me resulta imposible sonreír a tanta sinrazón que nos rodea y eso que, por salud personal, me había propuesto, ingenuo de mí, buscar el lado positivo de cualquier circunstancia que me contrariara. ¡Qué decepción!, y yo que estaba convencido de que había nacido optimista y que (con el permiso de los genes o circunstancias patológicas) todos lo somos por naturaleza, algo que, por otra parte, no debe estar tan claro: son demasiadas las caras desilusionadas que observo alrededor y si las caras son el espejo del alma, esas almas rezuman pesimismo. Que va a tener razón Mario Benedetti cuando afirmaba que un pesimista es en esencia un optimista bien informado, es decir, un optimista (tal vez así vinimos al mundo) que se ha caído del guindo. Y no es de extrañar, pues con el paso del tiempo nos vamos informando a base de tantas decepciones y deprimentes baños de realidad que acabamos melancólicos y desengañados. Y el panorama actual plagado de desencuentros y violencia no invita precisamente a dar saltos de alegría.
En efecto, por un lado, la situación internacional está tan sobrada de tensiones y guerras que, aunque siempre han estado presentes a lo largo de la historia, uno no deja de estremecerse y de repudiarlas. Desde la locura del conflicto ucraniano que, aunque se nos haya olvidado, continúa inmisericorde hasta el sanguinario disparate de Hamás e Israel, para tantos y tantos seres humanos la vida está resultando imposible. Un espectáculo tan trágico y triste que hasta nos resulta razonable dudar de la bondad natural del ser humano. ¡Cómo no desgarrarse cuando las lágrimas y la sangre de los niños gazatíes impregnan los periódicos y las pantallas de televisión! Se nos parte el corazón y el llanto se hace universal y no puede ser de otra manera porque, como escribía aquel poeta, “cuando llora un niño, llora Dios”. Y por otro, desde la perspectiva nacional tampoco el horizonte que nos espera resulta más halagüeño. ¿Se puede ser optimista ante el deprimente espectáculo que nos dan nuestros responsables políticos? Difícilmente, aunque, tal es el desatino que a veces provocan más ganas de reír que de llorar. Resultan patéticos sus debates sobrepasados de violencia entre una derecha recalcitrante y desaforada y una izquierda acorralada y haciendo equilibrios sobre el alambre del poder. Una permanente crispación que desde luego para nada fomenta la concordia. La bronca está servida. La fractura y el odio a la vuelta de la esquina mientras una justificada desesperanza nos ronda amenazante.
Pero que no cunda el pánico, curiosamente el pesimismo también presenta una cara creativa: desde su fundamentado realismo, como nos recordaba José Saramago, nos puede llevar a tomar una conciencia más cabal de la realidad y motivarnos a mejorarla. Sin duda, un realismo que rescata nuestro optimismo frustrado. Y así, desde esta óptica y a nivel más doméstico, ¿qué nos impide, por ejemplo, ser menos categóricos y más autocríticos, menos intransigentes y más tolerantes? ¿Acaso no relajaríamos un poquito nuestra polarización emocional mejorando así nuestra crispada convivencia? Estoy convencido, además, de que nos haría ver la botella un poco más llena. Por eso y como no quiero que mis dudas y desencantos me lleven al huerto de un peligroso derrotismo, he optado decidido por ese pesimismo inteligente que no ennegrece el futuro y crea esperanza, esa esperanza que me impide tirar la toalla y me añade una pizca de entusiasmo y alguna que otra sonrisa. Y es que, en el fondo, soy un pesimista con vocación de alegría. Un alma en pena compulsivamente empeñada en reír o, como me contestaba recientemente un amigo mío, un optimista camuflado.