"El espíritu que subyace en una parte de la sociedad es utilizar los impuestos como represalia contra quien destaca en esa misma sociedad"

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ÁLVARO BAÑÓN

Publicado el 07/12/2023 a las 05:00

Partamos de esta premisa: “Creo absolutamente necesario pagar impuestos y que con ellos se sostenga el estado del bienestar”. A partir de ahí, habría que definir la extensión de ese Estado del bienestar, pero eso nos ocuparía otro artículo. Desde hace un tiempo, el espíritu que subyace en una parte de la sociedad es utilizar los impuestos como represalia contra quien destaca en esa misma sociedad. Una suerte de venganza.

Les pondré un ejemplo. Cada vez que un político propone una “reforma fiscal” en Navarra, eufemismo de subida de impuestos, nunca de bajada, se valida con declaraciones del estilo: “quien más gana tiene que pagar más” y “quien más tiene debe pagar más”. Además de utilizarse como consigna política, estos términos parten de una premisa falsa, quien más gana ya paga más. Mucho más que el resto de los contribuyentes. En Navarra, hasta más del 50% de sus ingresos solo por la vía del impuesto sobre la renta. ¿Cuá ha sido su delito? Ganar un gran sueldo, que sus clientes consideren que lo vale, que genera lo suficiente y que para ellos sea rentable pagarle ese dinero. Personas que cobran 127.000€ anuales. Quién no ha escuchado comentarios del estilo: “¡Qué barbaridad! ¡No se puede cobrar eso!”. Sin embargo, nadie opina que esto sea un problema exclusivo de quien se lo pague. Y, menos aún, que si lo hacen es debido a que la empresa o sus clientes piensan que es el salario adecuado a su trabajo. Desde luego, no me meteré en eso. Sin embargo, en los comentarios del estilo: ¡Que se fastidie, que pague, que se j…! Sale a relucir el deporte nacional: la envidia. Y, qué mala es la envidia para quien la experimenta y, por ende, para la sociedad.

En la mayoría de los casos, se utiliza ese sentimiento para justificar una política impositiva abusiva e insaciable. Lo que es más grave, subyace el sentimiento cultivado en los últimos años de que “si te va bien, es que me lo has quitado” y se pretende, de manera más o menos oculta, que los impuestos sirvan de compensación de esas desigualdades.

Entonces viene el segundo argumento, y este sí que se hace público: la igualdad.

En mi opinión, un argumento terrible y dañino. El papel de los impuestos nunca debe ser buscar la igualdad. Los impuestos están para sufragar los servicios públicos necesarios. Ojo, los necesarios. Y, aquí, volveríamos a la definición del Estado del bienestar que decíamos al principio.

Debido a esta compensación de las desigualdades hemos creado el caldo de cultivo para intentar igualar a la sociedad en la mediocridad, cuando la igualdad debería ser el punto de partida, pero igualdad en oportunidades. Por ejemplo, una educación pública gratuita y exigente. Y también con becas para que todos los estudiantes brillantes y esforzados dispongan de recursos para estudiar sin preocuparse del coste. Exigente, porque solo desde la exigencia se recuperará el prestigio perdido. Este es el verdadero ascensor social.

Y una vez procurada la igualdad de oportunidades, olvídense ya de la igualdad. No debemos buscar la equiparación económica y es imposible que nos vaya a ir igual a todos. A unos les irá mejor que a otros. Dependerá de su esfuerzo, de sus habilidades, de su capacidad de generar riqueza e incluso en algún momento de la suerte. Eso sucederá siempre, pero en ningún caso el papel del Estado debería ser corregir esto. Si estamos de acuerdo que, cuanto mayor es el riesgo las posibilidades de beneficio son mayores, también de fracaso, deduciremos que a quien arriesga tiene la posibilidad de irle mucho mejor que a quien decide no hacerlo.

La intención del empresario de crear riqueza debe ser recompensada, porque así avanzan las sociedades, y esa recompensa debe ser visible y un modelo para el resto. Dos ejemplos: Amancio Ortega, Zara, comenzó en un local de La Coruña vendiendo batas. A base de trabajo y esfuerzo ha creado muchísimo empleo con una brillantez que solo unos pocos discuten. Juan Roig, Mercadona, ha construido un imperio, paga cien mil nóminas cada mes, un avance para la sociedad que decíamos. En definitiva, no nos puede ir igual, les tiene que ir mucho mejor que al resto. La igualdad, repito, tiene que ser el punto de partida. Después, cada uno labrará su porvenir y futuro. Unos ganarán más e incluso otros fracasarán.

Nuestro sistema, mientras nadie demuestre lo contrario, crea más prosperidad que cualquier otro. La búsqueda del beneficio de particulares y empresas crea riqueza para el conjunto de la sociedad. Lo contrario, lo de igualar en la mediocridad por decreto, ya se intentó en la Europa del Este en la segunda mitad del siglo XX y salió como salió. Los sistemas socialistas y comunistas solo han demostrado su capacidad de crear miseria y pobreza, y los que tenemos cierta edad hemos visto como terminó esa obsesión por la igualdad. No obstante, parece que vayamos camino de ello de nuevo.

Álvaro Bañón Irujo. Economista y profesor en la Universidad de Navarra

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