"El espacio de influencia que antes ocupaban las familias ha sido invadido por un batallón de youtubers, influencers y prescriptores digitales varios"

Actualizado el 19/11/2023 a las 11:11
Un padre (o madre) se da cuenta de que tiene la batalla perdida el día en que de la boca de su hija (o hijo) adolescente oye la frase fatídica: “A todas mis amigas les dejan”. Ahí se encierra un anuncio de derrota, un pulso perdido sin remedio. El argumento concentra toda la artillería emocional que es capaz de movilizar una criatura humana a medio hacer porque viene cargado con la pólvora que más duele, la del chantaje por el lado social. Si a unos padres modernos se les pregunta qué desean para sus niños, la respuesta oficial será que sean felices. Pero lo que realmente anhelan es darles protección. Mientras ellos piensan en la seguridad del nido, los hijos buscan calor del grupo. La peor condena para un muchacho es sentirse rechazado por su círculo de semejantes. Esta necesidad se confía a unos dispositivos tecnológicos por medio de los cuales la adolescencia teje sus redes de complicidad. Un solo mensaje de wasap tiene más poder que todos los consejos paternos. Conquistar seguidores en TikTok supone mejor recompensa que ser obsequiado con una tarta de cumpleaños. El espacio de influencia que antes ocupaban las familias ha sido invadido por un batallón de youtubers, influencers y prescriptores digitales varios que les indican cómo deben vestir, hablar, pensar, actuar. Yerran los profesores cuando insisten en que la chavalería tiene que venir educada de casa: de donde debería salir educada es de ese otro regazo materno, tan fascinante como diabólico, que reside detrás de las pantallas. Hoy el pulso entre padres y tecnología se libra en torno a la edad a la que el móvil debe entrar en la vida de los hijos. Nadie quiere ser el primero prohibir su uso hasta los catorce o los dieciséis años, por no sufrir el chantaje filial. Por eso empiezan a surgir iniciativas para hacerlo colectivamente, por medio de compromisos suscritos en masa que eximan a los padres de su responsabilidad individual ante los hijos. Puede que esas alianzas defensivas lleguen a funcionar como medida provisional, pero solo con efectos tranquilizadores sobre las conciencias. Tarde o temprano, el poder menguante de las familias volverá a sucumbir ante el inexorable avance de una fuerza digital que todo lo arrasa.