"Allí estaba ahora Carrère, en Oviedo, mirando en silencio a una princesa rubia, mientras el mundo se iba pareciendo cada vez más a sus novelas"

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Pedro Charro

Publicado el 30/10/2023 a las 05:00

Vi en los premios Princesa de Asturia a la sonriente Meryr Strep, con sus gafas de pasta negra y al diminuto Murakami con su cara de ratón, pero de pronto me fijé en un tipo con cara de loco, y reconocí a Emmanuel Carrère, el escritor francés que ya fue premiado hace un par de años y que ahora, comprobé, estaba allí para recoger el premio que su madre, recién fallecida, y un gran experta en Rusia, no podía recibir ya. Recuerdo que su hijo habla de ella en su novela Limonov, que explica el derrumbamiento de la URSS, y demuestra que lo peor del comunismo es lo que viene después: una sociedad sometida y sin nervio ni moral. Carrère es de los escritores que lo cuentan todo, y su madre se enfadó por lo que dijo de ella en el libro, y parece que dejaron de hablarse. Ahora, el hijo estaba allí con cara de remordimiento, recordando a su madre. Carrère es un hombre brillante y atormentado, algo que suele ir de la mano. Nunca ha hecho ascos a los asuntos más comprometidos, los crímenes y el lado oscuro. En su novela Yoga, cuenta una depresión severa por la que le tienen que ingresar y su experiencia en la meditación Vipassana. Un retiro Vipassana es estricto, se pasan días sin decir palabra, no se puede salir, pero él lo interrumpió por el atentado a Charli Hebdo, en el que perdió a un buen amigo. Su último libro recoge sus crónicas del juicio por el atentado yihadista en la sala Bataclan de París, donde murieron 130 personas ametralladas. El juicio duró meses, y tuvo momentos de gran intensidad. Hubo días, cuenta, que volvía a casa y me ponía a llorar. Sus crónicas hablan sobre todo de las víctimas, de los sobrevivientes, de la vidas que se toparon de pronto con un instante fatal. Estas novelas que no lo son, son a veces las mejores. Allí estaba ahora Carrère, en Oviedo, mirando en silencio a una princesa rubia, mientras el mundo se iba pareciendo cada vez más a sus novelas: la vieja Rusia de su madre haciendo de las suyas en Ucrania, las cenizas de Bataclán avivándose y las llamas de Palestina brillando a lo lejos.

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