"Contra todo enfrentamiento incivil"

Actualizado el 22/10/2023 a las 05:00
Hemos ido demasiado lejos. Hemos traspasado muchos límites, sin que nos haya importado un ardite que se llamaran líneas rojas o no. Tanto, que algunos de los más sesudos comentaristas “de este país” han comparado estos locos meses con aquellos de la primavera de 1936, tras las fraudulentas elecciones de febrero de 1936, con el bi-bloquismo del Frente Popular frente al Frente Nacional. Claro que exceptuando aquel matonismo generalizado, y no dejando a veces claro que esta sociedad es nítidamente distinta de aquella y que hoy estamos integrados muy carnalmente en la Unión Europea.
Si hay cien circunstancias menores en cada acontecimiento histórico, se multiplican cuando el acontecimiento es toda una deriva, un espeso movimiento que dura varios lustros, que es el que nosotros ahora estamos intensamente padeciendo. Dos puntos de partida me parecen relevantes en el desarrollo del bi-bloquismo en España que sustituye al bi-partidismo y bio-degrada nuestra democracia: el Pacto de Estella-Lizarra (1998) y el Pacto del Tinell (2003).
El primero unió a partidos, sindicatos y movimientos nacionalistas y separatistas vascos de España y Francia, incluida ETA, tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco y la intensa reacción popular en toda España, a fin de defenderse frente a ella y de unirse en el objetivo común del derecho a la autodeterminación y de la independencia. No duró mucho tiempo; fracasó el posterior Movimiento de alcaldes (Udalbitza) y fue derrotado en las Cortes el quimérico Plan Ibarretxe. Pero dividió profundamente a la sociedad vasca y a los partidos vascos. El Pacto del Tinell tuvo mucho mayor recorrido. El PSC de Maragall y ERC de Carol Rovira imaginaron que uniéndose socialistas, comunistas y republicanos catalanistas y republicanos, y excluyendo al PP de cualquier combinación política, su triunfo sería casi eterno en Cataluña. Luego llegó el acuerdo con el presidente español Zapatero para dar vía libre a lo que llegara de Cataluña: llegó un innecesario Estatuto, que puso todo peor. Ya hemos visto cuáles han sido sus frutos posteriores. Aquel pacto lo trasladó el PSOE a toda España, y el presidente Sánchez ha hecho de él dechado de sus gobiernos, sostenidos por todos los partidos separatistas, autodeterministas y enemigos de la Constitución de 1978. Y a eso llaman progresismo. Todo ello no hubiera sucedido, si los dos grandes partidos españoles, que hicieron posible la Constitución de 1978 y gobernaron después la Nación, no hubieran sido desleales a su misión histórica y no se hubieran dedicado a la función caínita de despedazarse. A cada uno de ellos les salió recientemente, a derecha e izquierda, un hijuelo imitador, todavía más caínita y deshumanizador.
Hemos ido demasiado lejos. En hechos y palabras, por comisión y omisión. Nos han contagiado, nos hemos contagiado un clima irrespirable en una sociedad invivible. Un lenguaje odioso solo crea odio y el odio lleva a la muerte. No podemos olvidar que la Reconciliación fue el lema y el santo y seña de la Reforma Política y de la Constitución de 1978, que nos trajeron los mejores años de nuestra historia.
Ha pasado mucho tiempo, han llegado nuevas generaciones con nuevos valores, nuevos estilos, que pueden enriquecer nuestra democracia, que es algo más que aritmética y un conjunto de métodos. Espero que los mejores que nos han sucedido y nos vayan a suceder encuentren denominadores comunes que los unan y los cohesionen. Sin unidad y cohesión la diversidad no sirve de nada. Con solo “diversidad” y “diferencia” -¡“valores” bien manipulados por todos los separatistas!- no se hace ni sociedad, ni pueblo, ni comunidad, ni nación. Y menos patria.