"Israel-Palestina: introducción desapasionada"

Publicado el 11/10/2023 a las 15:32
Si uno se dejara llevar por las redes sociales, en el conflicto palestino-israelí las cosas serían absolutamente blancas o negras. Pero no lo son. Nunca he entendido esa propensión a arrebatarse por un conflicto lejano y, sin necesidad de leer un solo libro, decidir a qué lado caen el bien y el mal. Y no es que suponga que la virtud está en la equidistancia. De hecho, reconozco abiertamente que en este tema no soy neutral: defiendo el derecho de los palestinos a todo su país.
Pero quiero creer que esa parcialidad no me lleva a cerrar los ojos ni a la complejidad del problema, ni al derecho de los israelíes a vivir en paz. La vida de unos es tan sagrada como la de los otros. Ni acepto la retórica del “son colonos”, ni la del “son terroristas”, porque no conduce a nada. Quienes piensan que hay que echar a los israelíes al mar me parecen tan ilusos como quienes aseveran que los palestinos no existen. Por inverosímil que ahora parezca, la única solución realista me parece la más utópica: la construcción de un Estado compartido por unos y otros, con iguales oportunidades, derechos y deberes, sin robo de tierras, sin asesinatos, sin abusos y sin ocupación militar.
Dicho esto, me arriesgaré a esbozar una introducción (desapasionada) al conflicto que estos días ha tomado tanta relevancia: Aunque es cierto que Tierra Santa siempre contó con alguna presencia judía, desde el siglo V -antes de que existiera el islam- esa presencia era ya minoritaria. Para 1880 el número de judíos en la región era muy escaso, en torno al 3%. Por lo menos la mitad de ellos estaban arabizados y, de acuerdo, a autores israelíes, eran leales al sultán. Desde 1839, los oriundos del imperio otomano gozaban de la ciudadanía en las mismas condiciones que cristianos y musulmanes.
Precisamente, esta circunstancia contribuyó a partir de 1880 a la llegada de judíos europeos, muchos de ellos huyendo del antisemitismo reinante en sus países de nacimiento. Desde finales del XIX el sionismo, un nacionalismo judío que preconizaba la construcción de un “Estado de los judíos” en Tierra Santa, impulsó dicha inmigración comprando tierras para los judíos que allí quisieran establecerse. Para entonces el término “Palestina”, según Khalaf, era una “vaga entidad geográfica”. No constituía ninguna unidad administrativa dentro del imperio otomano. Los habitantes árabes (musulmanes, cristianos y drusos), se sentían más parte de sus clanes, familias y comunidades religiosas, que de una nación -un término, por lo demás, de complicada traducción al árabe-. Ciertamente, tampoco los judíos constituían una nación. El éxito del sionismo estaba siendo muy discreto y muchos judíos consideraban que ser judío era simplemente una cuestión religiosa y cultural. Como en otros casos, fueron los nacionalismos judío y árabe-palestino quienes construyeron la conciencia de una identidad nacional. En el caso de los palestinos, además, lo habitual hasta los años sesenta fue que se consideraran una región dentro de la Gran Siria.
Las relaciones entre los inmigrantes judíos y los nativos árabes o palestinos fueron complicadas, pero no siempre malas. Los cristianos parecen haber sido el colectivo más hostil a los judíos. En cambio, los drusos tendieron a tejer alianzas con ellos, al igual que importantes clanes musulmanes como los Abu Gosh.
En 1917, en el marco de la Primera Guerra Mundial, la región es conquistada por los británicos, gracias en parte a la ayuda de los árabes que se han rebelado contra el sultán. En 1920, la Sociedad de Naciones otorga a Gran Bretaña un “Mandato”, una suerte de protectorado para facilitar el desarrollo del territorio. Sin embargo, los británicos se habían comprometido en 1917 con la creación de un “hogar nacional” para los judíos, sin perjuicio, en teoría, de “los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías”.
En 1922,los judíos suponían todavía poco más del 11% de la población. Tras 25 años de administración británica, en 1947 representaban el 31%. En 1948 los británicos abandonan el territorio y simultáneamente comienza la “Guerra de la independencia” para los israelíes y “El desastre” para los palestinos. Tras el alto el fuego, el 87% de la población de Israel es judía y solo el 13% árabe. Ello fue el resultado de una limpieza étnica documentada por el historiador israelí Pappé. Tampoco cabe pasar por alto el éxodo de centenares de miles de judíos de países árabes, hostigados o forzados a huir de sus casas en represalia a la victoria israelí. Asimismo, en los territorios retenidos por los ejércitos árabes (la franja de Gaza y Cisjordania) no se contemplará el regreso de los judíos, ni siquiera para practicar su culto. En Gaza se instalará un “Gobierno de Palestina”, controlado en realidad por Egipto hasta su abolición en 1959. Cisjordania será directamente anexionada por Jordania. Ambos territorios los conquista Israel en la Guerra de 1967, pero, con la excepción de Jerusalén, no se los anexiona, dejando a sus habitantes en un limbo legal, bajo administración militar. A estas alturas, el lector ha podido hacerse una ligera idea de la complejidad del conflicto. Después de tanto tiempo es difícil considerar a los israelíes advenedizos. Pero tampoco pedirles a los palestinos que acepten haberse convertido en extranjeros.
Iñaki Iriarte. Profesor de la EHU/UPV