"Nadie se acuerda de `La Cordoniz' y otras revistas que desataron las carcajadas de los españoles porque aquí la gente cambia de humor cada cuatro años"

Actualizado el 01/10/2023 a las 10:44
Escribía hace poco Manuel Vicent que nadie se acuerda de ‘La codorniz’, de ‘Hermano lobo’ y de otras revistas que un día desataron las carcajadas de los españoles, porque aquí la gente suele cambiar de humor cada cuatro años. Se quedaba corto. Ahora el lugar de los chistes está ocupado por memes echados a circular por la red con la fecha de caducidad incorporada. Pero hay humoristas que con el paso del tiempo mantienen milagrosamente la capacidad de hacer reír aunque su humor parezca ser de otra época y ellos mismos hayan causado baja en la memoria colectiva. Uno de estos fue Eugenio, el hombre de negro que desde lo alto de un taburete desgranaba sus historias con mirada triste y acento catalán. El cineasta David Trueba acaba de presentar un adelanto del ‘biopic’ que ha rodado en su memoria y que pronto se podrá ver en las pantallas con el título de “Saben aquell” . Era la fórmula de comienzo de sus chistes, a partir de la cual encadenaba ‘acudits’ uno tras otro, en una sucesión puramente acumulativa y carente de ritmo, sostenida únicamente en la tensión humorística de cada pieza. Fuera del chiste en sí, todo en él era la antítesis de la comicidad: la indumentaria lúgubre, las gafas oscuras, el gesto apagado, a veces hosco, la ausencia de apoyos jocosos, la dicción funeraria, la sobriedad escénica, el sombrío existencialismo de sala de fiestas que acompañaba sus actuaciones. Como ha señalado Trueba, Eugenio lo tenía todo en contra para hacer reír a los demás. En cuanto a la sustancia de los chistes, en su mayoría no pasaban de ser sencillas viñetas generalmente breves y las más de las veces conocidas, sin pretensiones críticas ni contenido transgresor, más cercanas al chascarrillo soso y casi estúpido que al golpe de ingenio original. Pero ahí radicaba su gracia. Con estos materiales, Eugenio construía unos microrrelatos minimalistas de matemática precisa cuyo engranaje funcionaba a la perfección merced al buen manejo de los tiempos y las pausas. Fue un artesano de la palabra que supo elevar el chiste a la categoría de género literario con leyes internas propias. Un narrador en estado puro que encarnó la forma más cabal del humor con estilo: la que emerge en medio de la pena y de la oscuridad.