"Sobre el acierto o el desacierto de entrevistar a un indeseable se enfrentan dos teorías, la del blanqueo y la de la picota"

Actualizado el 17/09/2023 a las 10:44
Está visto que la agenda moral de nuestra sociedad depende cada día más de la cartelera de espectáculos. Si la violencia de género vuelve a ser objeto de debate por lo ocurrido en un estadio de fútbol, y un homicidio espeluznante lleva un mes absorbiendo nuestra atención porque ha corrido a cargo del hijo de un actor famoso, no debería sorprendernos que la última polémica sobre el terrorismo la haya desatado la exhibición de un documental en un festival de cine. Lo extraordinario del caso es que se discute sobre el hecho antes de que ocurra. A la extendida tendencia a emitir opiniones sobre lo que apenas se conoce, se le suma ahora la tentación de condenar lo que se desconoce completamente. Otro producto paradójico de la aceleración histórica en la que estamos sumidos: el cinefórum previo a la proyección del filme. No hemos visto la película, pero ya tenemos una idea acabada de su contenido, su intención y su alcance. Sobre el acierto o el desacierto de entrevistar a un indeseable se enfrentan dos teorías, la del blanqueo y la de la picota. Por un lado están los que consideran que toda entrevista es un masaje y por otro quienes recuerdan entrevistas demoledoras que han puesto al entrevistado frente a sus miserias. Piensen en Richard Nixon acorralado por David Frost en el 77. No creo que Feijóo, por acudir a otro ejemplo cercano en el tiempo aunque nada comparable en las personalidades, saliera muy contento del interrogatorio que le propinó Silvia Intxaurrondo días antes de las pasadas elecciones. La petición de censura previa del documental donde Jordi Évole entrevista al sanguinario Josu Ternera puede ser un detalle piadoso para con las víctimas, pero se opone a la sugerencia de Hannah Arendt de mirar de frente al mal para poner al descubierto su banalidad. En estas situaciones uno prefiere confiar en la madurez de los espectadores y en la ilimitada capacidad del etarra medio para disolverse en la inanidad de su propio discurso. Es verdad que con Évole nunca se sabe; pero en caso de duda entre la luz y las sombras, entre la información y el secreto, entre la palabra y la mordaza, inclinarse por la claridad no es una mala opción. Luego siempre habrá tiempo para criticar aquello que nos haya hecho daño a los ojos.