El Rincón
600 años entre dos reyes
La decisión del monarca navarro Carlos III el Noble sobre Pamplona es un ejemplo del poder unificador de la monarquía, que sigue siendo útil hoy
Publicado el 10/09/2023 a las 06:00
PAMPLONA celebra en la calle este fin de semana, y con toda pompa, los 600 años del Privilegio de la Unión, la carta fundacional de la ciudad moderna. Ojo, que no de la ciudad, porque la antigua Pompelo tiene más de 2.100 años de historia desde su fundación romana, urbe que, a su vez, ya se instaló sobre un poblado vascón ubicado en la zona de Navarrería según dictan los restos arqueológicos.
Y esta fiesta ha logrado aunar, de forma sucesiva, solemnidad institucional (con la visita de los Reyes), pedagogía histórica (imprescincible) y, sobre todo, una desbordante participación popular con actos en la calle, de los Gigantes a los drones nocturnos. Una celebración y un gentío que ha tenido un lugar y un tiempo para cada cosa.
Un rey conciliador. Carlos III el Noble (1361-1425), el monarca navarro, goza de una excelente reputación histórica y ciudadana. Conciliador y pactista con los reinos vecinos y rivales de la pequeña Navarra (Castilla, Aragón, Francia), su etapa simboliza la plenitud de este viejo reino con la corte en el Palacio de Olite o la reconstrucción de la catedral de Pamplona, donde está enterrado en un soberbio mausoleo gótico de marmol junto a su mujer Leonor de Trastámara.
Es el monarca navarro que en pleno siglo XV, unificó los tres burgos medievales de Pamplona (Navarrería, San Cernin y San Nicolás) a los que unió bajo una sola entidad tras siglos de conflictos entre ellos. Es esta superación de viejos odios internos y falta de concordia entre vecinos lo que empezó a construirse con el Privilegio. Y lo que hoy celebramos seis siglos después como un signo cargado de sentido pacificador.
Lecciones para el presente. Un acontecimiento con sus propias lecciones para el presente. La lejana decisión de Carlos III es un ejemplo, con las debidas distancias históricas, por supuesto, del poder unificador que ha representado la monarquía a lo largo de los siglos. Hoy, otra monarquía, esta puramente constitucional, tiene encomendado este mismo objetivo en el conjunto de España. Lo que para unos es anacrónismo para otros muchos sigue siendo un modelo válido en cuanto útil como poder moderador y arbitral en nuestro sistema político.
Y si algo está claro en la polarizada política española es que esta función es hoy absolutamente necesaria. No hay más que ver la tentación disgregadora que campa en el Congreso con una posible investidura de Pedro Sánchez y un país pendiente de los votos de un prófugo de la justicia (Puigdemont) que exige amnistía y pedirá la autodeterminación de Cataluña forzando la Constitución a garrotazos si hace falta.
Ausencias que se retratan. La visita el viernes del rey Felipe VI y la reina Letizia a Pamplona, iniciativa de la alcaldesa Ibarrola, fue un ejemplo de absoluta normalidad donde lo más destacado fue el nutrido respaldo ciudadano en la calle. Selfies, curiosidad y aplausos. Los reyes saben que necesitan ganarse el afecto y el respaldo popular en estos tiempos como vía para consolidar la monarquía. No hay otra. Y no lo tienen fácil.
La prueba es que en el ayuntamiento de Pamplona tres grupos (Bildu, Geroa Bai y Contigo Zurekin) no acudieron ni si quiera a saludar al Jefe del Estado, algo básico desde la más elemental de las cortesías.
Lo de Bildu va en su Adn. Disfraza con su bla,bla,bla cargado de batallas historicistas sobre dinastías y conquistas de hace cinco siglos su falta de aceptación de la realidad del presente, la que de verdad importa. Que no es otra que en cada elección la gran mayoría de los navarros ratifica que se sienten cómodos con su actual realidad institucional, una comunidad propia integrada en España con los Fueros como hilo conductor a lo largo de su rica historia.
Pero lo de Geroa y hasta Contigo todavía sorprende más. Son fuerzas republicanas tan legítimas como sus contrarias. Pero aspirar a cambiar el sistema político no tiene nada que ver con un mínimo respeto a las instituciones. Es confundir churras con merinas y quedarse tan pancho. La ausencia pretende deslegitimar la institución, y además con argumentos peregrinos. Y en democracia las formas (lease el respeto al diferente) son tan importantes como el fondo. Respeto de la mayoría a la minoría, claro, pero también al contrario. Esas ausencias, por más que suenen anecdóticas, revelan la erosión de la salud democrática