"El catálogo de gestos con los que expresar alborozo en lugares públicos es lo bastante extenso como para desestimar el automasaje testicular"

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José María Romera

Actualizado el 27/08/2023 a las 10:06

En la era de las comunicaciones complejas y los signos en torbellino, consuela ver que aún cuentan los lenguajes de gestos. También los corporales, y no solo los de nueva generación: incluso los más rudimentarios que nos emparentan directamente con el primate. Estos días hemos asistido a la reaparición en escena de dos de ellos, ambos de rango inferior hasta que el dedo de la actualidad ha decidido distinguirlos con un trato preferente. El primero es bien conocido con su nombre coloquial (y un tanto cursi), el de pico o piquito. El otro, pese a su arraigo popular, todavía carece de denominación propia, aunque todo apunta a que a partir de ahora será ‘un rubiales’. Pero esta columna no va de quinésica ni de léxico. En lo que quiere fijarse es en la facilidad con la que los encaramados a las altas esferas se estrellan por hacer un uso inadecuado de señales que deberían estar acostumbrados a manejar con destreza, provecho y prudencia. Se echa en falta una cultura de la comunicación, no nos cansaremos de decirlo. Urge instruir a los usuarios en general y a los más poderosos en particular acerca de un principio elemental: los signos no significan lo que tú quieres que signifiquen, ni tienen solo el alcance que a ti te conviene. El ideal comunicativo del individuo contemporáneo es alcanzar la máxima visibilidad (otra palabra de doble filo) y a ello consagra lo mejor de sus empeños. Cree que la sobreexposición es una prerrogativa del poder, o un medio para alcanzarlo, pero no tiene en cuenta que a la vez lo debilita porque pone al descubierto sus fragilidades. No siempre acaban bien los selfis desde los acantilados, ya me entienden. Ya lo supo ver fray Luis de León hace siglos: “A manos de su antojo el tonto muere”. El catálogo de gestos con los que expresar alborozo en lugares públicos es lo bastante extenso como para desestimar el automasaje testicular. Y qué les voy a decir que no sepan de los besos propinados sin previa consulta del manual de instrucciones. En el estrellato contemporáneo abundan los líderes habituados a emitir señales propias a diestro y siniestro, pero incapaces de descifrar las señales que les lanzan el entorno y la civilización. Hasta que el día menos pensado les llega su hora. 

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