"De “progreso” y “centralidad” en la formación del nuevo Gobierno Foral"

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Jose Miguel Iriberri

Publicado el 23/08/2023 a las 06:00

Las campañas electorales, las dos campañas -la de antes de las urnas para pedir el voto, y la de después, para justificar su utilización-, se mueven en torno a unas pocas palabras, repetidas, eso sí, en desayuno, comida y cena como si fuera una receta médica. O la higiene dental. ¿Cuántas palabras? Puede bastar con una. Progreso, por ejemplo. O dos, progreso y centralidad. Depende del tiempo.

Progreso fue la palabra elegida por las tres fuerzas políticas que iban a formar, y formaron, el Gobierno foral, PSN, Geroa Bai y Contigo/Zurekin. Cuatro fuerzas, en realidad, porque EH Bildu basó también en el proclamado progreso del tripartito su imprescindible visto bueno para abrirles la puerta del poder. La etiqueta de progreso es muy gratificante. Cubre cualquier tipo de distancias en torno a Fuero, Constitución, agua, tren, UE, etcétera. Progreso. Gobierno de progreso. Bloque de progreso. Progreso a puntapala. Nada extraño, afortunadamente, en una tierra acostumbrada a progresar igual que a respirar. “¿Qué es progreso? Progreso soy yo”, respondería cualquiera en una encuesta.

Decidida la composición del Gobierno, en torno ya a la investidura, otra palabra muy atractiva sonó en boca de la presidenta Chivite: centralidad. Tan próxima a “centro”, tan juncal entre los extremos, la palabra centralidad tiene una excelente reputación electoral. Gusta mucho. Y es muy dúctil: cada cual tira de ella como quiere, por convicción o por conveniencia. En eso se parece a la palabra progreso. Del centro político se olvida el PSN, que emprende la marcha de 2023 gracias finalmente a EH Bildu, el grupo empeñado, desde un siniestro extremismo, en blanquear al pasado de ETA. Pero no. Chivite advirtió que centralidad significaba gobernar para la pluralidad. Centro político era, cómo olvidarlo, lo de los tiempos del entendimiento de PSN y UPN: centralidad y centro y progreso. La Constitución de 1978, exactamente. Sin sorpresa. Cada cual sabía lo que votaba. PSN había adelantado su deseo de repetir la fórmula de “progreso” cuatro años más. Para marcar distancias, Geroa Bai y Contigo lamentaron que el acuerdo no hubiera sido más progresista. Sólo eso. Luego, EH Bildu les aprobó a los tres la reválida, dejando para más adelante la contraprestación por el aprobado. Bildu avanza sobre cuatro años de acuerdos con el PSN. Y va subiendo. De manera que esta legislatura, continuación de la anterior, puede reencarnarse en la siguiente. Y en otras. Al menos, mientras no cambien los votantes o alguna de las fuerzas implicadas proponga votar entre ellas, de igual a igual, porque todas son igual de necesarias, para decidir la presidencia. Pero imaginar el futuro político más allá del tiempo inmediato es como buscar salmonetes en el universitario y osasunista río Al Revés.

Agosto. Con un verano más largo, más cálido y sobre todo más político que nunca, Javier Esparza anunció que deja la candidatura de UPN tras su tercer intento de ganar el poder. Esta vez lo tenía peor, con el vendaval de los tránsfugas. Pese a todo, y era mucho pesar, Esparza volvió a ganar. Se va como perdedor (del poder), tras ganar nuevamente las elecciones, mientras Chivite gana (el poder), por segunda vez, tras haber perdido de nuevo las elecciones. Esto no va de partidos, sino de bloques de partidos. Ahora vienen los 100 días de gracia para el poder y 1.400 de desgracia para la oposición. Y el fantasma de la moción de censura, de ronda por la alcaldía de Pamplona.

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