"El viajero mira a su alrededor y solo encuentra gente atada a sus dispositivos móviles"

Actualizado el 30/07/2023 a las 12:41
Las vacaciones son para desconectar, según dicen. Antes se decía que eran para descansar, para relajarse, para romper la rutina y cargar pilas. Poco a poco hemos ido rebajando nuestras aspiraciones y ahora nos conformamos con hablar de desconexión, que es como un beatus ille temporal y posmoderno con resonancias tecnológicas. Vaya a donde vaya, el viajero mira a su alrededor y solo encuentra gente atada a sus dispositivos móviles. Se ve que amamos tanto nuestra libertad que nos resistimos a ponerla en práctica, para que no se desgaste por el uso. Donde más se está manifestando la dificultad de desconexión es en el contacto con la política. Una vez pasadas las semanas intensas, parecía que por fin iba a salir de nuestras agendas, al menos mientras durase el verano. Pues va ser que no solo nos mantenemos pendientes de sus vicisitudes, sino que nuestra curiosidad se aviva con la intriga sobre los pactos, las negociaciones y las alianzas. ¿Cómo desengancharse de una serie que en cada nuevo capítulo promete dosis mayores de suspense? Puedes alejarte de tu trabajo, de tus deberes, de tus libros o de tus amistades, pero tus políticos te persiguen a donde quiera que vayas. Pides una cerveza al borde de la playa y en el rostro del camarero percibes las facciones de Feijóo. Miras las nubes y reconoces la silueta de Yolanda Díaz. El tigre del zoo te lanza una mirada de Sánchez, y en la boca del rodaballo que te sirven en la mesa asoma la dentadura afilada de Abascal. La desconexión vacacional no existe. Antes al contrario, el verano trae más tiempo libre para que cada cual se entregue a sus vicios, el primero de los cuales suele ser el de la adicción a la actualidad política. Incluso quienes tratan de escapar son atrapados por ella, porque, como observó Montaigne, nada graba tan fijamente alguna cosa en nuestra memoria como el firme deseo de olvidarla. Será que en el fondo no podemos vivir sin ella ni siquiera en los periodos de descanso. Ya lo dijo el buen Séneca: se debe cambiar de alma, no de clima.