"Lo peor de Sánchez no son sus vueltas de tiovivo, sino la creciente sensación de que ha puesto su palabra siempre a merced de su pura conveniencia"

Publicado el 02/07/2023 a las 13:13
En su vertiginosa gira por las televisiones, donde nos ha explicado que, pese a que lo bien que lo ha hecho, hay todavía quien insiste en criticarle, el presidente justificó sus bandazos políticos diciendo que no había mentido, sino cambiado de opinión, y evocó el nombre de Suárez, alguien con el que tiene un remoto parecido, tal vez de seductor maduro, señalando que no se le puede achacar haber mentido cuando legalizó el partido comunista, después de haber prometido que no lo haría. Se trata de un buen as en la manga, bien preparado, pero que merece la pena examinar. Suárez seguramente sabía que terminaría legalizando el PCE, pues era la prueba de fuego de que la apuesta por la democracia iba de verdad, pero no se atrevió a decirlo abiertamente por miedo a una reacción militar. Si cambió de opinión, fue en la buena dirección. El juicio que el tiempo ha hecho de ese cambio es netamente positivo; fue, en las circunstancias del momento, con el aparato del franquismo intacto y en medio de enormes tensiones, un acto valiente y providencial. Suárez, en realidad, nos hubiera engañado si hubiese cumplido su palabra. Sánchez, por su parte, ha ido huyendo de su palabra para pactar con Podemos, contemporizar con el golpismo en Cataluña, indultar a los condenados y retirar del Código, para favorecerlos, el delito de sedición y cambiar el de malversación, en un galimatías que no se sabe que traerá, por citar algunas cosas que hubieran dejado a Suárez boquiabierto. Lo malo en el no es que cambie de opinión, sino la dirección en que lo hace, y la falta de explicación y debate de porqué lo hace, junto con la inquietante sensación de que podría ir de pronto hacia otro lado, hasta el punto de que la principal baza de Feijóo en estas elecciones es proclamar “no soy como Sánchez”, lo que puede ser suficiente para muchos votantes. Lo peor de Sánchez no son sus vueltas de tiovivo, y que diga sin rubor lo contrario con todo desparpajo, sino la creciente sensación de que ha puesto su palabra siempre a merced de su pura conveniencia.