"Hasta ahora ninguna de las innovaciones ha supuesto una amenaza para sustituir al hombre y su dominio sobre ellas"

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Víctor Manuel Arbeloa

Publicado el 02/07/2023 a las 06:00

Más que la literatura, los cómics o los videojuegos, algunas películas nos acercaron a la nueva comprensión y extensión de nuestra humanidad, a la novedad radical y plural que el progreso de la ciencia y de la tecnología ha ido ofreciéndonos sobre nuestra tradicional concepción de la naturaleza humana. Lo que ha venido en llamarse poshumanismo y/o transhumanismo.

Una odisea en el espacio (2001), de S. Kubrick, nos mostró a la humanidad más allá de su capacidad para preparar y controlar sus aventuras. Tras otras muchas películas del género, otra reciente, El alma de la máquina (2017), de R. Sander, nos revivió la aventura de una mente humana dentro de un cuerpo artificial, diseñado para luchar contra los delitos cibernéticos.

A lo largo de la historia los seres humanos han deseado siempre un mayor poder físico para protegerse de las amenazas ambientales. Desde la fabricación de las primeras herramientas de piedra, pasando por la revolución digital del siglo XX, hemos progresado tanto, que hemos creado en nuestros días las máquinas de Inteligencia Artificial, robots y similares, con capacidades sobrehumanas. (Cuando esto escribo, en un hospital de Barcelona acaban de hacer el primer trasplante de pulmón a un paciente, robóticamente, con solo ocho incisiones en el tórax).

Las máquinas actúan de forma similar a los hombres, pero con capacidades mucho más desarrolladas y con muchos menos riesgos. A este trabajo conjunto lo ha llamado el sabio indio Pratik Gauri “danza conjunta de hombres y máquinas”. Y son muchos los científicos y pensadores actuales que afirman que en lo poshumano no hay diferencias esenciales, demarcaciones absolutas entre la existencia corporal y la estimulación informática, el mecanismo cibernético y el organismo biológico, la teleología del robot y los objetivos humanos.

En nuestros días, el ordenador, el teléfono móvil, la cámara digital, la InterRed, el iPhone… han dotado a los humanos de un formidable poder intelectual, que hasta hace poco parecía propio de ángeles y de seres divinos. En su libro Homo Deus: Breve historia del mañana, Yuval Noah Harari escribe que los humanos no solo han alcanzado a los ángeles, sino que están convirtiéndose en dioses, aquel sueño paradisíaco del primer hombre. Y es que por los caminos de la ingeniería biológica, de la cibernética y de la de seres no orgánicos podemos llegar un día a resultados ahora inimaginables.

No hay vuelta atrás en la incursión de las innovaciones biotecnológicas y en la comunicación digital que penetra en todos los sectores de la vida en la Tierra. Pero hasta ahora ninguna de las innovaciones ha supuesto una amenaza para sustituir al hombre y su dominio sobre ellas.

Subrayo de nuevo la necesidad de que filósofos, teólogos biólogos, médicos, políticos… prosigan en sus comisiones bioéticas universitarias, nacionales y mundiales, y por todos los medios posibles, su alta y decisiva misión de estudiar y sopesar los descomunales retos poshumanistas, de los que hablé aquí un día, y después Beatriz Sánchez y Yolanda Zubillaga, desde el punto de vista de los valores comunes de la Humanidad organizada.

Añado ahora el alto y urgente deber de las grandes religiones mundiales de revaluar la naturaleza y el destino de la vida humana en relación con sus antropologías y cosmologías ante los posibles desafíos de los avances científicos. Afortunadamente, los diálogos interconfesionales de los últimos años dan buena muestra de ello, lo mismo que seminarios como el de la Fundación John Temple, en Oxford, en los que participan científicos de renombre y destacados teólogos, incluidos los cultivadores de la teología de la tecnología y de la tecnociencia, en la era de la Inteligencia Artificial.

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