"Elecciones y economía"

"El desgobierno no deja de hacer mella en la gente sencilla que espera
de sus gobernantes mayor coherencia y un estilo de buen hacer"

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Francisco Errasti

Publicado el 15/06/2023 a las 06:00

Existe la creencia generalizada de que la mala marcha de la economía tiene como efecto inmediato la caída de los gobiernos, lo que no invalida su contrario: aunque la economía marche bien no significa necesariamente que el gobierno continúe después de unas elecciones. Esto es lo que ha sucedido en nuestro país -con las debidas matizaciones, algunas importantes- para sorpresa de los que nos gobiernan. Estaban seguros de que iban a ganar las elecciones del pasado 28 de mayo y, naturalmente, no salen de su asombro. El conjunto de los ciudadanos, la gran población que, a veces, parece fácilmente manipulable, demuestra una y otra vez que posee una sensibilidad, más allá de las apariencias, capaz de distinguir lo que repugna a la razón y al sentido común.

No se puede decir que la economía de nuestro país vaya del todo mal, aunque hay determinados parámetros que destilan una gestión mediocre por parte de un Ejecutivo que se ampara -en lo que le interesa- en la comparación de los países de nuestro entorno para justificarlas. Sin embargo, aunque es bien sabido por todos, no se presta demasiada atención al hecho de que somos el país de la Unión Europea con mayor índice de paro y, en concreto, de paro juvenil. Y esto es muy grave: toda una generación sin expectativas futuras y un tenor de vida lleno de nubarrones. ¿Hay que sorprenderse ante el sinnúmero de adolescentes y jóvenes -la pandemia y su mala gestión tienen parte también en esto- que viven con angustia, sin horizontes, sin pulso vital, de modo que se ha convertido en un problema de salud pública?

El socialismo marxista, cuya seña de identidad es la miseria como se ha demostrado en todos los países que se han acogido a él, sin excepción, es un cadáver ya descompuesto. En nuestro propio país, en 1979, el marxismo fue desterrado en el Congreso del PSOE como una fuente ideológica del socialismo, adoptando una posición equiparable al modelo europeo occidental.

Este enfoque de modernización, acorde con los países de nuestro entorno hasta hace poco, desconcierta a no pocos en su deriva de coalición con los comunistas, que llevan el germen de la destrucción del orden constitucional, y con aquellos nacionalistas excluyentes que se acogen a las mismas leyes que desean abolir. ¿Qué dice de todo esto el ciudadano normal y corriente? Es inevitable que un gobierno de estas características ofrezca una imagen de desunión, de planteamientos contradictorios aunque el “poder” y el “pesebre común” les mantenga aparentemente unidos. Se toleran aberraciones como la “ley del sí es sí” o la “ley trans” que hemos contemplado atónitos y que el gobierno considera “progresistas” para confusión de tirios y troyanos. El propio Tribunal Supremo ha puesto las cosas en su sitio sobre los efectos perversos de la primera. Y veremos el reguero de perversidad sin remedio que deviene para nuestros adolescentes con la segunda.

Las personas sencillas no entran en disquisiciones ideológicas acerca de lo que es el “progresismo”, sino que en su sencillez entienden y quieren que su vida, en todas sus vertientes, mejore, que se respeten las leyes, que los delincuentes cumplan sus condenas, que los jueces sean independientes y dicten sentencias acordes con la ley y, aunque no sepan lo que es el Tribunal Constitucional, se imaginan que sus miembros son muy importantes y han de ser objetivos en sus juicios sin estar sometidos a la ideología del gobierno de turno.

¿Es razonable que desde el propio gobierno -uno de sus socios- se permita insultar y ataque en público a los empresarios en general, y a algunos en particular, sin que nadie diga nada? Este desgobierno no deja de hacer mella en la gente sencilla que espera de sus gobernantes mayor coherencia y un estilo de buen hacer. Si el Consejo de Ministros puede equipararse al Consejo de Administración de una gran empresa, lo que hemos venido contemplando -todo el mundo lo ha visto- es una falta de unidad rayana en el ridículo, que unos ministros se tiran los trastos unos a otros y ni siquiera han sabido limpiar en su propia casa la ropa sucia. El término “socialismo”, de connotaciones positivas relacionadas con la justicia social, ha sido sustituido por el “progresismo”, un batiburrillo confuso y no pocas veces inicuo.

La gente normal de la calle puede no saber en determinados momentos dónde está la verdad, pero es consciente y distingue muy bien la falta de veracidad cuando se promete una cosa y se hace su contraria, cuando se vulneran los principios básicos y se instala la desconfianza, cuando el relativismo impera en la toma de decisiones y, por tanto, no se sabe con qué cartas se juega y si el que toma las decisiones juega con dobles o triples cartas. Todo esto y más le importa a la gente de la calle, porque desea que los que le gobiernan sean honrados y su palabra fiable. Por todo esto y no solo por la economía se pueden perder unas elecciones.

Francisco Errasti Economista

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