"Se nos murió en Suecia Martin Sundberg, autodenominado Martín con acento en la í"

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Chapu Apaolaza

Publicado el 31/05/2023 a las 06:00

Andábamos en si habría campaña electoral a las generales en plenos sanfermines, en una cosa lisérgica como de ajoarriero y tezanías, y se nos murió en Suecia Martin Sundberg, autodenominado Martín con acento en la í o acaso Martintxo como el torero, un hombretón con un corazón grande que se le ha debido de parar. De pronto, se nos han puesto pochas las fiestas en una cosa de luto, de chaparrón, de encierros con escalofrío, de lagrimón y de lamparones de ausencia. Martin era un gigantón sueco, vitalista, rubio y cachondón, inasequible al cansancio, el mal humor y las sombras que acosan el ánimo de los hombres. Era un tipo feliz, al fin y al cabo, que no hablaba ni papa de español porque no lo necesitaba. Se presentaba aquí y allá, riendo en una dimensión enorme aunque discreta, fantástica, invencible hasta ayer cuando ese corazón enorme hizo “Hasta aquí hemos llegado”, que no se cómo se dirá en sueco. Sundberg tenía un puesto en la Volvo, le gustaba cazar, comer, navegar en barcos antiguos, reír como si se le fueran a soltar las costuras y venir a Pamplona en fiestas, que son cosas que hacen feliz a una persona comprensiblemente sin necesidad de asomarse al precipicio de un diván de psicoanalista. Se trata de saber que, si te va a alcanzar la muerte, porque la muerte te va a alcanzar, al menos que te coja vivido, reído, comido y disfrutado. Con todo, vengo aquí a abjurar del consuelo y de toda la falsa literatura con churretes por la que, cuando alguien se muere, dicen que se termina el camino, que los barcos llegan a puerto, y no es cierto. Porque no hay puerto, porque la vida no llega al final del camino, porque no hay siquiera un final entendido como un sitio al que se llega. La vida no llega; solo se interrumpe, se te hunde el barco a seis horas de la costa y los últimos sanfermines son los últimos para siempre. Con doce años o con cuarenta y cinco, la gracia es que todos los sanfermines son el mismo, salvo por la gente que se va, que se cae por la borda y el agua no se vuelve a cerrar nunca. Aquí estamos, asomados al agujero de Martín, tan grande. 

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