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A mi manera

El hombre que se desconectó de la realidad

Tomó la decisión para retirarse de la bronca. Adiós al ruido. Se refugiaría entre libros y música. Se presionó en la nariz y su vínculo con una parte de la realidad quedó interrumpido

Ampliar Ilustración de un hombre tumbado en una hamaca
Ilustración de un hombre tumbado en una hamacaAlberto Erro
Publicado el 15/01/2023 a las 06:00
Hace un año mi vecino aceptó desconectarse de la realidad. Vivir al margen de la politiquería y apagarse de la bronca. Una desconexión en protesta frente al disgusto de tanta desazón. Venía acumulando una sensación dolorosa en el estómago que consultó con su médico creyendo que era úlcera. “Qué va”, le dijo el de cabecera por teléfono porque no hubo manera de conseguir cita presencial. Lo tuyo es un “’nopodermas’. Una reacción rara del metabolismo que afecta a las digestiones, al tránsito intestinal y a la gestión de las emociones. No hay un fármaco específico. Por recomendación de su médico interrumpió su vínculo con la realidad tal día como hoy de enero pasado. ¿Cómo lo hizo? Presionó su nariz con el dedo índice. Y adiós. Lo decidió un minuto después de asistir a una bronca en la que diputados de unos y otros partidos se llamaron cobardes y miserables en el Congreso. Ahí se vino abajo. Llevaba mal ese intercambio de insultos. Miraba la tele y no salía de su asombro. Políticos que recurrían a la ironía para hundir al adversario en medio del crecimiento desordenado de los problemas. De esto hace un año. Mientras ellos se destrozaban subían otra vez los contagiados de coronavirus, el desempleo o el temor de que Rusia atacara a Ucrania. Una escalada de problemas que ellos alimentaban echando solo mala leche.
El espectáculo le retrotrajo a la adolescencia. Caracterizaba a uno de sus amigos la habilidad de hacer aguadillas a otro hasta dejarlo al borde de la supervivencia. El recuerdo le reforzó la intención. Aislarse entre libros y música y entrar en contacto con la segunda dimensión. Porque él sostenía que los humanos vivíamos entre dos escenarios. Como los anfibios. Capaces de entrar en el agua o de vivir en tierra. Se sentía un poco rana. Así que se prohibió las páginas de política del periódico, los telediarios y los magacines de la radio. Como si la rana imaginada decidiera un día no entrar en la charca. Era el ejemplo perfecto. “La charca está llena de fango. Me quedaré en tierra”, se dijo.
Por aquellos primeros días en el Congreso varios diputados se metieron en una de esas peleas de descalificaciones en las que trataban de convencernos de que el inútil era el adversario. Una más. Él, como si nada. Se había desconectado. Cambiaba de cadena o de página si se trataba del periódico. Veía películas de amor y programas de naturaleza. Leía libros con historias de superación. Se percibía como una rana que no entra en la charca. Solo en tierra por prescripción facultativa. Saludaba a los vecinos, recogía a su madre de clase de yoga los lunes, salía de fin de semana con la familia, trabajaba en una cadena en la que sumaba aportación a la de los compañeros y abrazaba a su hija en la estación de tren en cada ocasión en la que llegaba a Pamplona. La chica estudiaba fuera. La vida era más plácida, más gozosa. Dejaría que transcurriera un tiempo antes de intentar una nueva conexión.
Hace unas horas ha reiniciado su ordenador vital. Han pasado doce meses. Se ha tocado la punta de la nariz de nuevo. Esta vez para conectarse. El año acaba de estrenarse y no pinta mal. Los Reyes Magos han depositado regalos en millones de hogares. También en su casa. Al apoyarse en la ventana ha visto en la calle a un repartidor que sacaba fruta de la camioneta y la metía en una tienda. Ha pensado que ese hombre resolvía problemas. Alguien necesita naranjas o verdura y él se las procura. Sencillo. Sin insultar a nadie. Y útil. Hay millones con idéntica disposición. El año acaba de empezar. Los Magos seguro que han llegado de regreso a Oriente. ¿Qué tal si soñamos que desaparece la ponzoña?
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