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"La guerra de Ucrania conserva el brutal primitivismo de todas las guerras ocurridas desde la noche de los tiempos"

En la trinchera del frente de guerra, un soldado enciende un pitillo en la noche y de inmediato suena un disparo. En el plano siguiente, el soldado yace en el suelo con un agujero de bala en la cabeza. Aunque hemos visto la escena repetida hasta la saciedad en el cine bélico, siempre nos conmueve por su poder aleccionador: viene a advertir de que un mínimo gesto puede cambiar el rumbo de nuestra vida. Un instante de tregua en la batalla da al traste con todo aquello por lo que uno está luchando. Esta vez no fue el resplandor mínimo de un cigarro, sino el gesto no menos cotidiano de mirar el móvil lo que trajo la desgracia a los soldados rusos que ocupaban un edifico que fue bombardeado en la localidad de Donetsk. El enemigo los había localizado siguiendo el tráfico de sus llamadas y visitas a la pantalla. El resultado fue decenas de muertos, según la propaganda rusa; centenares, según la propaganda ucraniana. Las nuevas normas de trato social impuestas por el uso de las tecnologías nos han acostumbrado a apagar los teléfonos al entrar en clase, asistir a un concierto o participar en un funeral. Se ve que también hay que mantenerlos inactivos en la guerra. No por respeto, sino por salvar el pellejo. Al parecer los reclutas rusos, llevados por el ardor tuitero, estaban celebrando la Navidad a la manera de todos los jóvenes del hoy, es decir, dándolo todo en las redes sociales. En las apresuradas instrucciones recibidas en el cuartel se les había instruido sobre los peligros del armamento convencional, pero nadie les dijo que también a los móviles los carga el diablo. La guerra de Ucrania conserva el brutal primitivismo de todas las guerras ocurridas desde la noche de los tiempos: humanos que se matan unos a otros con la misma bestialidad que sus antepasados. Lo único que la hace moderna son estos detalles de guion aportados por unas tecnologías que veneramos creyéndolas protectoras pero que al bajar la guardia se nos vuelven en contra. Igual que los selfis suicidas en los acantilados y los wasaps leídos al volante del coche, pero con bombas por medio. Eso sí, lanzadas desde drones; ya que nos buscamos la ruina, que sea con estilo, a tono con la época.
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