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"La norma general de ahora es que los líderes provengan no de la calle sino de la cantera de los partidos"

Hace algún tiempo la peor acusación que se podía hacer a un político es que se hubiera alejado de la calle. La calle, dicho así, en abstracto, era la representación más cabal de los intereses populares, la quintaesencia del compromiso y de la entrega a la ciudadanía. A la calle, que ya es hora de pasearnos a cuerpo, había exhortado en verso el poeta Celaya y musicado con entusiasmo el cantautor Ibáñez. Alberti puso el título de ‘El poeta en la calle’ a la antología de sus composiciones más militantes. Y el lenguaje político de ahora ha consagrado una fórmula no menos lírica para indicar cuándo las cosas se hacen en contacto con la realidad: ‘a pie de calle’, que suena de maravilla aunque no acabemos de entender eso de ponerle pies al asfalto. De ahí el prestigio de los políticos de la vieja escuela salidos de la calle. Procedían no necesariamente de los suburbios, pero sí de actividades cercanas al común, que dejaban aparcadas temporalmente para prestar servicio público durante un periodo limitado. Cumplida su labor regresaban con naturalidad a los consultorios, las cátedras de instituto o los despachos de abogado. La norma general de ahora es que los líderes provengan no de la calle sino de la cantera de los partidos, y una vez instalados en los altos cargos permanezcan en ellos a perpetuidad, salvo que salgan por las ‘puertas giratorias’ a destinos más golosos. Un político de hoy, si cuida su forma, puede alcanzar la jubilación trepando de joven al árbol adecuado y columpiándose de rama en rama a lo largo de toda su vida pública sin haber tocado nunca el suelo. La actividad política se ha profesionalizado, no cabe duda, lo cual no garantiza que se haya perfeccionado. Son perfiles distintos, por decirlo en la jerga de los recursos humanos. Los últimos acontecimientos sucedidos en el patio nacional invitan a pensar que los políticos de nuevo cuño han sentido una súbita nostalgia de la calle. Sin embargo, para calmarla no han abandonado sus escaños, sino que han optado por descender al lenguaje arrabalero y las reyertas callejeras de la peor estofa. Si bien se mira, es otra manera de conectar con los anhelos de la población. Seguro que saben lo que hacen.
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