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No para uno de recibir baños de humildad

Tal vez Camus tenía razón al afirmar que el fútbol daba lecciones para la vida. Aunque no lo dejó escrito en ninguna de sus obras, sino que lo expresó con otras palabras (“lo que sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al deporte”) en el contexto informal de una entrevista, démoslo por bueno para consuelo de futboleros vergonzantes. Si lo aplicamos a la decepción de esta semana, la eliminación de España en el Mundial nos ha enseñado una lección: la de la humildad. Los que saben de esto dicen que el mal de la selección ha sido el exceso de autoestima, la creencia infundada de estar en la élite, y que los penaltis marroquíes la devolvieron al mundo real de la manera como suelen suceder estas cosas: sin contemplaciones. Ya sea como miembro de su pequeña comunidad o del género humano, no para uno de recibir baños de humildad. Cuando no es una nueva foto del telescopio James Web que nos empequeñece hasta la insignificancia, son las noticias del mundo que recuerdan una vez qué manos manejan nuestras ilusiones democráticas y nuestros sueños de derechos y libertades, o la cesta de la compra que te hace darte cuenta de que tu bolsillo no estaba tan abultado como creías, o lo inestable de un equilibrio mundial asediado por los misiles nucleares y las diplomacias financieras. Hemos sido educados en diversas formas de la superioridad, desde la cognitiva hasta la moral y desde la ideológica hasta la técnica, que van cayendo una tras otra como castillos de naipes. Incluso las habilidades profesionales que nutren nuestra vanidad quedan ridiculizadas a la vista de nuevos prodigios tecnológicos. Estos días se ha hecho popular una herramienta fabricada por Inteligencia Artificial que es capaz de producir escritos completos de toda clase con más coherencia, claridad, precisión y corrección formal que la mayoría de los textos producidos por mano humana a los que estamos acostumbrados. Comete errores, desde luego, pero menos que un legislador de los de ahora. Y menos aún que cualquier columnista de estos que aquí andamos con nuestros tiquitacas a cuestas, apurando las últimas gotas de un orgullo de artesanos que a punto está de desvanecerse como la Roja de Luis Enrique.
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