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"Patriotas navarros, españoles y europeos"

El patriotismo -escribe Víctor Lapuente- es la religión de los pueblos secularizados, que se mantienen cohesionados”. Y pone como ejemplo el caso de los países nórdicos, de mayoría luterana, modelos de democracia y de solidaridad, cuya bandera nacional aparece en todos los lugares y tiempos de la vida personal y colectiva.
Pero el patriotismo -antítesis del nacionalismo- tiene poco que ver con la secularización. Países tan religiosos como Grecia, Irlanda, Polonia, Estados Unidos de América, India, Japón o Filipinas han sido y son profundamente patriotas. Y qué decir de los países musulmanes… También nosotros, avezados desde siglos a tener como lema supremo Dios y Patria, sabemos que desde el comienzo las comunidades cristianas no se sintieron ajenas a las comunidades locales, nacionales o imperiales. Tertuliano escribió que los cristianos son en el mundo “lo que el alma en el cuerpo”. Nosotros no concebimos hoy una fe cristiana que no esté encarnada en el compromiso constante con las personas con las que compartimos la existencia, con la comunidad correspondiente.
Se dice a veces que la patria es una comunidad imaginaria, en cuanto significa algo inmaterial, el sentido dado a un territorio organizado. Pero lo cierto es que la patria es tan real, que vertebra una comunidad libre, política y ética, con sus derechos y deberes, que hacen posible y placentera la convivencia y no solo la coexistencia de sus habitantes. Los ciudadanos que cultivan esos derechos y deberes mutuos suelen ser también mucho más sensibles hacia otras comunidades exteriores que aquellos individualistas, teóricos ciudadanos del mundo quizás, pero desvinculados de la sociedad en la que viven.
La vivencia patriótica no es solo un sentimiento, como suele tontamente describirse, sino toda una experiencia íntima y social, propia de la inteligencia humana, que está muy por encima de cualquier ideología, se llame como se llame, y va mucho más lejos que ella. Es la meta-ideología (más allá de) común a todos los ciudadanos de cualquier país, nación o sociedad.
Tenemos la suerte de poder ser patriotas navarros, españoles y europeos, tres patrias en una, sin confusión ni división, unidas entrañablemente por la geografía y por la historia, y sobre todo, con ese fundamento, por la voluntad mayoritaria de nuestros compatriotas, que reafirmamos, completamos y renovamos. Lo digo con alegría y entusiasmo en el 40º aniversario de nuestra Ley de Reintegración y Amejoramiento del Régimen Foral de Navarra, del 44º de nuestra Constitución Española, a los 40 años de nuestra entrada en el Consejo de Europa y 36 en la entonces Comunidad Económica Europea, ahora Unión Europea, acontecimientos cimeros, que celebramos en estos días de diciembre, y que tuve, como representante de navarros, españoles y europeos, el honor y la dicha de vivir muy de cerca.
Desechemos como basura ese lugar común, preponderante los últimos decenios en algunos círculos de la llamada izquierda, de que el patriotismo -antítesis del nacionalismo- es la antítesis de todo verdadero progresismo. Al contrario, es la base más segura de toda comunidad arraigada, coherente, trabada y creadora. Los pueblos más prósperos del mundo lo demuestran. Al superarnos como meros individuos aislados y darnos un sentido, un ideal, un proyecto de vida en común, corrige, cura y supera egoísmos personales y anula nuestros ídolos individualistas del poder, del tener y del placer, fraccionarios y solipsistas.
Pero la patria generosa, que tantos servicios nos da, también nos exige un justo sistema tributario que los haga posibles. Y un sistema de defensa que esté a la altura de los tiempos procelosos que vivimos, dentro de la OTAN y de la futura Defensa común europea. Todavía está vivo en USA el recuerdo de los jóvenes George H. W. Bush y de los dos hermanos mayores Kennedy, héroes en la Segunda Guerra Mundial, frente a un joven Donald Trump, que esquivó en cinco ocasiones ir a la guerra de Vietnam. Afortunadamente, el ejército español y las Fuerzas de Orden Público han ido recuperando entre nosotros el buen nombre y la buena fama que se merecen, frente al viejo tabú que los afrentaba, hasta alcanzar el primer rango de las instituciones dignas de nuestra confianza. Verdaderos iconos de la patria que nos protegen, nos defienden y nos representan.
Frente al sucio nacionalismo de los etnópatas y al narcisista populismo de los embaucadores, los ideales de Dios y Patria nos hacen libres, nos hacen iguales, nos hacen fraternos, nos hacen universales.
Víctor Manuel Arbeloa. Escritor
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