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Para qué vamos a dar razones habiendo buenos insultos de los que tirar

Tendemos a considerar que el insulto es siempre fruto de la ofuscación, que surge cuando la discusión se enardece, los nervios salen a flor de piel y la palabra se descontrola. Puede que así sea en la vida ordinaria, pero no en el Congreso de los Diputados. Andan estos días los ánimos algo alterados debido a la escalada verbal emprendida por el sector más sonoro de sus señorías. Si no fuéramos tan olvidadizos admitiríamos que no han sido las palabras más hirientes pronunciadas entre esas nobles paredes. Pero antes la descortesía oratoria se compensaba con el fair play y, al final, como dicen los futboleros sobre las marrullerías en el césped, lo que pasaba en el hemiciclo se quedaba en hemiciclo. No como ahora, que los insultos se oyen fuera, son reproducidos en las tertulias televisivas de sobremesa y multiplicados en las redes sociales para acabar convirtiéndose en cuestión nacional de primer orden. De eso se trata, en cierto modo. El insulto político no es el patinazo causado por un arrebato pasajero, sino una acción calculada. No se dibuja con la brocha gorda de la improvisación, sino con tiralíneas. No procede de las vísceras del orador o la oradora de turno, sino de la fábrica de ideas donde cada partido urde sus planes a la luz de la lámpara demoscópica. Su función principal no es herir ni descalificar, sino movilizar a una parroquia enardecida señalándole un blanco al que dirigir su ira. Para qué vamos a dar razones habiendo buenos insultos de los que tirar. Qué necesidad hay de exponer argumentos si con un par de injurias la cosa va que chuta. Se nos quiere hacer creer que el terreno embarrado entorpece la conversación pública, cuando lo cierto es que para no pocos políticos resulta el hábitat ideal. Insultar degrada, sin duda, pero la costumbre se mantendrá porque sus ventajas son mayores que sus inconvenientes tanto para el que ataca como para el agredido: recibir una ofensa de mal gusto es una interesante coartada para excitar el victimismo. Decididamente, el insulto tiene asegurada su pervivencia mientras unos y otros admitamos que faltarse al respeto no es un precio demasiado alto por conquistar unos votos, hacer méritos en la casa y disfrutar de la trifulca.
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