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Cartas de los lectores

Mi ictus y yo

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  • Luis Javier Rodríguez Fernández
Publicado el 09/11/2022 a las 06:00
No soy amigo de celebrar los “cumpleictus” pero este año es diferente. El nueve de noviembre de 2004 sufrí un ictus. Este año mi ictus cumple mayoría de edad, con treinta y nueve primaveras tuve el ACV, con una familia recién formada y dos niños pequeños de tres años y ocho meses. Son ya dieciocho años de aquel día que alteró drásticamente mi vida y la de todos los que me rodean.
Echo la mirada atrás y casi no me acuerdo de cómo era yo en el pasado (solo cuando veo fotos o recuerdo anécdotas con los amigos). Cuando empecé a ser consciente de cómo me había quedado, me enfrentaba a un futuro incierto. Mis secuelas fueron gravísimas: no podía caminar, tuve que empezar a utilizar una silla de ruedas, la voz ni yo mismo me entendía lo que decía, los reflejos y el equilibrio brillaban por su ausencia, los brazos estaban para que me quedaran bien las chaquetas... También existían una serie de secuelas ocultas, por ejemplo, urgencia miccional, sentimientos a flor de piel, expresiones que quería transmitir y no me salían las palabras, no poder escribir, etc. Tuve que acostumbrarme a vivir de esa manera, porque así sigo.
Al principio soñaba con volver a ser el que era, o lo más parecido posible: poder andar, conducir, ir al monte. Vamos, lo que hace casi todo el mundo. Cuando acepté que ese era mi futuro, volví a reencontrarme con la “felicidad”. Aunque fue muy duro pasar a pertenecer al colectivo de los discapacitados, fue muy reconfortante conocer a esas personas y verlas como gente normal y no como bichos raros.
A pesar de vivir así, daba gracias a la vida por permitirme jugar la prórroga (y espero que sea así por mucho tiempo), he conseguido darle la vuelta a la situación y casi doy las gracias al “yuyu” por darme la oportunidad de vivir la vida de dos formas tan sumamente distintas. Antes era poco más o menos “el perdonavidas” de la Harley, y ahora el “pobrecito” de la silla de ruedas. Ni antes era una cosa, ni ahora la otra, pero es la imagen que doy.
La primera vez, hace muchísimos años, que oí la palabra “resiliencia” no sabía para nada su significado y como me dijo un amigo, me he convertido en un auténtico resiliente, pues utilizo mi desgracia para superarme día tras día. Intento hacer todo lo que hace una persona “normal” pero con mis limitaciones, resultando más llamativo. Me he acostumbrado a vivir con todas y cada una de las secuelas que he comentado anteriormente y lo veo tan normal y creo que no me cambiaría por nadie. Tengo mucha suerte de sentirme muy querido y aprovecho para dar las gracias a todos los que han hecho hoy de mi todo lo que soy. 
Luis Javier Rodríguez Fernández, ‘Javiton’
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