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"¿Hasta dónde va a llegar este talibanismo de baja intensidad en el que subyace la idea de que el arte es enemigo del clima?"

Unos activistas del clima la emprenden contra unas obras de arte y la sociedad biempensante se escandaliza. No, no son escenas de los años locos de las vanguardias sino de ahora mismo, siglo y pico después, cuando todo el mundo debería estar curado de espanto en lo que a performances iconoclastas se refiere. Enternece ver a unos jóvenes persuadidos de que lograrán reducir las emisiones de dióxido de carbono vertiendo botes de puré de patata sobre la superficie de un Monet. Lo cual nos lleva a dos reflexiones. Una: la adolescencia siempre ha mostrado cierta inclinación al pensamiento mágico. Dos: hay esperanza. No todo va a ser videojuego y reguetón, la cultura joven también guarda un espacio para las tradicionales visitas a museos. Y una tercera de propina: ¿hasta dónde va a llegar este talibanismo de baja intensidad en el que subyace la idea de que el arte es enemigo del clima? Porque a este paso, en la medida en que crezca la necesaria sensibilidad medioambiental, corremos el riesgo de que el patrimonio de la humanidad se nos desgracie de modo irreparable. Los códigos de señales del nuevo activismo resultan un poco raros. Protestar contra el maltrato del planeta maltratando Los girasoles de Van Gogh o La joven de la perla de Vermeer puede transmitir un intenso estado de furia, qué duda cabe, pero no aclara ni el contenido del mensaje ni la dirección del destinatario. Es cierto que en medio de tanto ruido como produce incesantemente nuestra sociedad de la comunicación es problemático colocar los mensajes a no ser que sean al mismo tiempo originales y enérgicos, llamativos y audaces. Pretender que además se entiendan quizá sea pedir demasiado. Comprendemos que el activismo posmoderno lo tiene difícil para encontrar fórmulas imaginativas, pero entre todas las posibles ha elegido la peor. Si vas a buscar tu arsenal en la sección de conservas y preparados del súper y usas como blanco las pinacotecas no es previsible que debilites sensiblemente al enemigo. Por el contrario, te haces impopular. Y lo que menos necesita la alarma climática son propagandistas impopulares que favorezcan la inconsciencia general con la que nos encaminamos al descalabro.
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