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"Nuestro humanitarismo selectivo es sensible al mal ajeno cuando viene disimulado bajo bonitas historias de superación"

No puede negarse que hemos ampliado nuestro equipaje moral respecto a las víctimas y los dolientes. Contra lo que se suele creer, hay motivos sobrados para suponer que las personas de hoy somos más consideradas que las de antes con los que sufren y sabemos prestar mayor atención a su dolor. De algo tiene que servir la campaña publicitaria masiva que en los últimos tiempos se le viene dedicando a la empatía, esa virtud tan glamurosa. Y tampoco parece ser ajeno a esta transformación ética el prestigio alcanzado por la víctima en la escala de los méritos sociales contemporáneos. Como observa Pascal Bruckner, hay quienes aspiran a obtener el estatuto de víctima de algo para gozar de los privilegios de esa condición. Pero no todas las víctimas son iguales. Las que nos gustan, las que atraen la admiración y el calor popular, son las víctimas blandas cuya presencia no inquieta la sensibilidad del respetable. Para ello es preciso que se muestren enteras, risueñas y resilientes. Son muy apreciadas las que no reabren heridas, que perdonan a sus verdugos, que silencian o minimizan su sufrimiento, que sobrellevan el martirio con actitud positiva y sin dar la tabarra. Porque una cosa es ser compasivo y otra distinta es que además tengas que pasar el mal rato de que se te indigeste el postre por escucharles sus penas en la radio o la televisión. Por eso no agradan tanto las víctimas abatidas, derrotadas o simplemente débiles que no han logrado superar el trauma y vencidas por el desconsuelo penan los efectos del asesinato de un familiar o de una enfermedad incurable sumidos en una profunda oscuridad. Por regla general, a ese pozo apetece poco asomarse, no vaya a ser que en lugar de sonrisas nos llegue el eco de un lamento que nos pone en apuros. Nuestro humanitarismo selectivo es sensible al mal ajeno cuando viene disimulado bajo bonitas historias de superación, pero refunfuña si tiene que soportar quejidos a partir de cierta cifra de decibelios, y se indigna si el grito lleva además la marca del rencor o de la queja. Hasta ahí podíamos llegar. Si no saben comportarse como unas víctimas simpáticas y dulces, más vale que se vayan a importunar a otra parte.
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