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Benditas villavesas

Ampliar Varias personas se disponen a subir a una villavesa en Pamplona.
Varias personas se disponen a subir a una villavesa en Pamplona.JESUS CASO
  • Merche Gutiérrez Ayensa
Actualizado el 11/10/2022 a las 07:24
Vivo en Pamplona desde hace poco más de un año. Cada día, me monto en la línea 18 para llegar a mi lugar de trabajo, un colegio situado en la calle Olite. Cada día a las 7.15 tico con mi tarjeta transporte e intento buscar un asiento, empresa casi quimérica, para leer con tranquilidad los emails y los mensajes de mis alumnos, incluso me da tiempo de leer los titulares del día. Recuerdo perfectamente cuando hice mi primer recorrido para llegar al colegio. Ya sé, Google te lo explica perfectamente, pero es una vieja costumbre que realizo:controlar el terreno en el que me muevo y prever los inconvenientes que puedan surgirme. Después de clase, vuelvo a subirme al autobús sobre las 14.40. Diariamente observo a la misma gente, sus costumbres, sus rostros somnolientos por la mañana y pensativos a la hora de comer, he escuchado conversaciones, he imaginado sus profesiones y la comida que se llevan en el tupper, me pregunto cada día si desearían tener una vida mejor o si por el contrario están comenzando una nueva etapa. Ellos se imaginarán lo mismo de mí, y habrán visto cómo me he derrumbado en alguno de estos trayectos.
Hoy hace nueve meses que a mi padre le detectaron cáncer, hace nueve meses que lloré por primera vez en la villavesa, en la que los compañeros de trayecto se imaginaron mis circunstancias, obviamente. Hoy hace nueve meses de las conversaciones diarias con mi padre por teléfono, de los mensajes, de los audios. Hoy se cumplen nueve meses y he recibo una llamada: “el cáncer ya es indetectable, la quimioterapia ha funcionado”. Hoy, como hace nueve meses, una mujer me ha dado un pañuelo y me ha cedido el asiento, sin embargo, hoy, por fin, he llorado de felicidad.
Merche Gutiérrez Ayensa
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