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"Meses atrás nadie quería hablar de guerra nuclear por no mentar a la bicha"

Meses atrás nadie quería hablar de guerra nuclear por no mentar a la bicha. Ahora parece que nos hemos habituado a las malas noticias y lo decimos con cierta naturalidad, casi con ligereza, como si la palabra “nuclear” hubiera quedado desactivada y atravesara las conversaciones habiendo perdido su potencial dañino. A tono con la tendencia imperante a banalizar lo grave y solemnizar lo nimio, el horizonte de una guerra nuclear no es que se nos ofrezca lejano, es que aunque lo tengamos próximo nos lo figuramos al nivel de un videojuego o una mascletá levantina. Uno tiene la impresión de que en tiempos atribulados como estos el empeño fundamental de la gente no se dirige a afrontar la realidad sino a mitigar el efecto anímico de los males y amenazas que se ciernen sobre ella. Importa más no pasar miedo que conocer las causas que lo provocan y actuar en consecuencia. En la medida que logremos sentirnos bien, aunque para eso haya que cerrar los ojos con fuerza y meter la cabeza bajo las sábanas, lo que ocurra alrededor carece de relevancia. Y si para no sentirse afligido es preciso recurrir al autoengaño, bienvenida sea la terapia de irrealidad. Entre los arsenales de Rusia y los Estados Unidos suman más de doce mil cabezas nucleares, las suficientes para destruir el planeta por completo. Los mismos que describen a Putin como un loco peligroso, a Biden como un vejestorio inestable y a Zelenski como un caballo desbocado, aseguran que ninguno será capaz de apretar el fatídico botón, sin explicar qué clase de mágica transformación va a instalarlos en la sensatez justamente llegados a ese punto. Putin ya ha dejado caer que no le temblará el pulso. Biden acaba de advertir de que estamos cerca del Armagedón atómico, más cerca aún de lo que se estuvo en la crisis de los misiles del 62. Pero no pasa nada. Si te alarmas eres un paranoico asustadizo que no tiene en cuenta su salud mental ni la de los suyos. Lo que hace falta es levantar el ánimo, confiar en el futuro y disfrutar del buen tiempo. Es formidable: nos colocan el mundo al borde del abismo, pero luego nos animan a creer que el abismo es un escaloncito de nada. ¿Miedo? ¿Quién dijo miedo?
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