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A mi manera

Cómo hacerse hueco en una piscina cubierta

Cuando le pido a un nadador si compartimos calle en la piscina él golpea con los dos pies la pared bajo el agua, se gira y da una potente brazada. Y yo, ahí, con mi gorrito que tan poco fundamento me aporta

Ampliar Una imagen tomada esta semana en la piscina cubierta de Anaitasuna. En este club no se exige reserva previa de calles
Una imagen tomada esta semana en la piscina cubierta de Anaitasuna. En este club no se exige reserva previa de callesIrati Aizpurua
Publicado el 02/10/2022 a las 06:00
Al llegar a la piscina cubierta veo que todas las calles están ocupadas. Me acerco al socorrista y le pregunto si es posible compartir el espacio, si no hay problema en que por alguna de ellas nademos dos personas. Me mira como si yo llegara de una galaxia a millones de años luz y me contesta resuelto, que sí, que es posible siempre que cuente con el beneplácito de la persona que ya ocupa ese espacio. ¿No podemos nadar dos socios, -ambos lo somos-, por una misma calle?, insisto sorprendido.
Me clava la mirada y debe pensar que soy bobo, que no me he enterado. Se pone pedagógico y me cuenta que durante la pandemia se implantó en la agrupación deportiva San Juan un sistema de reserva de piscina por la aplicación informática, por la “app”, dice.
-Tú entras en el ordenador y seleccionas la hora y la calle por la que vas a nadar. En el caso de que haya más peticiones que espacios reservados se resuelve por sorteo a partir de las nueve de la noche.
Me quedo un poco chafado. Hoy era el día en el que tras dos años había decidido recuperar mi afición natatoria. Y estoy ahí en bañador, en medio de la piscina, desnudo también de argumentos y con ese gorrito de tela que poco fundamento me aporta. Pertenezco a una familia numerosa. Eso no se lo digo al socorrista. Cinco hermanos repartidos en dos habitaciones desde la niñez hasta la edad adulta. Una para dos. Y la segunda, compartida por los otros tres. No había en la casa un solo rincón que pudiera considerar mío. Ni un hueco. Ni un postre. Cuando mi madre sacaba a la mesa la leche frita los domingos el único recurso para intentar repetir era ser el primero en terminar la ración. Conjugábamos por fuerza el verbo compartir y no nos iba tan mal. Creo que el único espacio que hubiéramos podido reservar por la aplicación para uso exclusivo era el baño. Y no siempre. Dependía de la circunstancia porque a la hora de entrar mi madre preguntaba y si había más de una petición hacía un triaje más riguroso que en las Urgencias del Complejo Hospitalario.
Si me hubieran preguntado entonces qué quería ser de mayor creo que hubiera respondido ermitaño, portero, escultor..., o tenista. Cualquier actividad que garantizara un espacio de trabajo desahogado y solo mío por un rato.
Estoy en estos pensamientos mientras me acerco al borde. No arrojo la toalla. Me agacho y pregunto a uno de los nadadores, el que bracea enérgicamente por la calle 3, la más ancha de la piscina.
-¿Te parece si compartimos el espacio? Cuando tu llegues a la otra punta me lanzo yo y así no colisionamos…, me animo a pedir.
El nadador, por toda respuesta, golpea con los dos pies la pared bajo el agua, se gira y tras el impulso da de nuevo una potente brazada. Yo me quedo allí, con el gorrito en la mano, demudado y a punto de coger el camino de los vestuarios. Pero no pierdo los nervios. Es cuestión de paciencia. De talante. Soy de familia numerosa. He disputado muchas batallas antes. Le espero de nuevo. Cubre la ida y la vuelta y de nuevo me encuentro con él. Esta vez levanto la voz expresamente por si en el anterior intento mi mensaje no hubiera llegado lo suficientemente claro.
-¿Quieres que compartamos la calle para nadar?
Ni se inmuta. Golpea de nuevo el extremo de la piscina y ahora nada a braza.
Desde la calle número uno, la más estrecha de las ocho de la piscina, un nadador ha escuchado mi grito. Me invita con el brazo.
-Yo comparto contigo, me dice a voces.
Lo abrazaría pero el agua no es el medio adecuado para hacerlo. Me conformo con sonreírle y darle las gracias. Un momento antes de que mi generoso compañero de calle arranque de nuevo le pregunto:
-¿Tú también eres de familia numerosa?
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