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"Era la primera vez que un soberano inglés pisaba tierra española y en torno a la menuda figura de la reina flotaban los fantasmas de Drake"

Avatar del Pedro Charro Pedro Charro26/09/2022
Descanse en paz la reina y descansemos también nosotros de tanto fasto y tanta pompa. Por mi parte, he recordado algo que leí en las memorias de Jorge Semprún, de cuando fue ministro de Cultura y solía acompañar a los visitantes ilustres a visitar el Prado. En 1988 le tocó hacerlo con la reina Isabel II. Era la primera vez que un soberano inglés pisaba tierra española y en torno a la menuda figura de la reina, aferrada a su bolso, flotaban los fantasmas de Drake, las tormentas que devastaron a la Armada invencible, el olor a pólvora que aspiró Nelson antes de morir en Trafalgar, nada que el tiempo no haya convertido ya en inofensivo. Semprún paseó a la reina por el itinerario que se repite con las grandes visitas: fueron del Greco a Goya y finalmente se detuvieron frente a las Meninas. Allí la reina, cuenta Semprún, quedó un buen rato en silencio contemplando el cuadro, como si evaluara el exquisito juego de perspectivas y personajes que contiene, y luego murmuró algo, contrariada. Al advertirlo Semprún, que pensaba preguntarle por Anthony Blunt, el crítico de arte y conservador de la colección real que resultó ser un espía al servicio de la URSS, como Kim Philby y otros brillantes jóvenes seducidos por el comunismo, no se atrevió. Blunt había visto el Guernica cuando se presentó en la Expo de París de 1937 y dijo que era una obra fallida, que ya pertenecía al pasado. Al parecer, la URSS le parecía el futuro. Picasso, dice Semprún, siempre quiso que el Guernica estuviera en el Prado junto a Goya y Velázquez. ¿Ha sido restaurado recientemente? preguntó por fin la reina ante a las Meninas. El director del Prado le dijo que había sufrido pequeños trabajos, pero que no necesitaba ser restaurado, pues Velázquez preparaba sus telas, sus colores, sus barnices, para que duraran. La reina pareció molesta. En Inglaterra, sus Constable y sus Reynolds -se lamentó, como si acabaran de hundirle la flota- eran más frágiles, se deshacían, no como aquel Velázquez que parecía pintado para la eternidad.
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