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"La pobreza va en aumento y no hay palabras milagrosas que la detengan"

Bien está que nos apiademos de la gente rica, tal como parece proponer el debate económico de moda, siempre y cuando eso no suponga desentenderse de la gente pobre. Y menos ahora que el panorama pinta francamente mal para quienes se las ven y se las desean para llegar a fin de mes. Mientras unos pocos se quejan de un impuesto sobre el patrimonio que no pondrá en peligro sus fortunas, a otros no les salen las cuentas en lo relativo al sustento básico. Pienso ahora en esas comunidades de vecinos que estos primeros días del otoño celebran reuniones con un único punto del orden del día, el de las temibles subidas de cuotas para el pago de la calefacción. Un mordisco más a los presupuestos familiares diezmados por los precios de los alimentos, la gasolina, la ropa, el material escolar, esos gastos que cada vez acercan a más gente a la pobreza, si no es que la precipitan directamente en ella. Pero el lenguaje al uso no quiere hablar de pobres, sino de “personas en riesgo de exclusión”, de “personas en situación de vulnerabilidad”, y otras florituras verbales similares que parecen destinadas a ocultar vergonzantemente la pobreza en vez de llamar la atención sobre ella. A falta de soluciones hemos creado una jerga que escamotea los problemas dándoles nombres perfumados (“El dinero no tiene olor, pero la pobreza tiene uno inconfundible”, escribía Léautaud) que los disimulan. Cuando lleguen los fríos invernales nos hablarán de desajustes térmicos, al hambre la llamarán respuesta orgánica de demanda alimentaria y los desahucios serán incidencias residenciales negativas. Así funcionan los capciosos eufemismos sociales: creados en apariencia para amparar la dignidad de aquellos a quienes designan, acaban siendo un conjuro con el que evitarlos y una excusa para darles la espalda. Detrás de formulas de aire administrativo como “riesgo de exclusión” o “situación de vulnerabilidad” hay un miedo supersticioso a la pobreza y a quienes la sufren, una forma atenuada de ese rechazo que la filósofa Cortina ha llamado aporofobia. El hecho es que la pobreza va en aumento y no hay palabras milagrosas que la detengan. 
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