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"La nostalgia es un sentimiento prestigioso, ya saben a qué me refiero"

La misma semana en la que fallece Isabel II de Inglaterra, las letras pierden a Javier Marías, la fotografía a William Klein y el cine a Jean-Luc Godard, Alain Tanner e Irene Papas. Un tétrico goteo, en palabras de José Antonio Montano. Una apretada concentración de esquelas que, sin embargo, nada tiene de extraordinario. El siglo XX fue una fértil fábrica de estrellas a las que les va llegando el turno de apagarse, lo cual no impide que los despidamos como si se llevaran consigo un trozo de nosotros. Y quizá se lo lleven. La nostalgia es un sentimiento prestigioso, ya saben a qué me refiero. Pero aunque lamentemos varias de esas pérdidas -otras nos resultan indiferentes, qué le vamos a hacer, el corazón no es un albergue de aforo ilimitado-, hay que admitir sus efectos culturales beneficiosos. Estos días uno ha hecho cosas que en otro momento no se le habrían ocurrido. He visto fragmentos de películas de Godard con fotogramas inolvidables, inquietantes instantáneas de Klein que han ganado con el transcurso de los años y páginas magistrales de Marías, a ratos empañadas por su accidentada prosa. He husmeado en la historia de la casa de Windsor y en los ceremoniales de la monarquía británica, y me he dejado atrapar por ‘Zorba el griego’ como si fuera la primera vez. Y creo no equivocarme si supongo que miles de personas habrán hecho incursiones parecidas. Al avivar la curiosidad por unos difuntos cuya obra permanecía a menudo olvidada desde años atrás, las defunciones ponen en marcha la máquina de los rescates, de manera que lo olvidado recibe un súbito impulso, una suerte de proyección postrera que lo resucita o, como diría un moderno, lo pone en valor. Culturalmente, los funerales se convierten en un animado festival al que no son ajenas ni siquiera las cadenas de televisión más populares. Nunca sabremos si Javier Marías dejó otra gran novela por escribir o ya había cubierto su cupo creativo. Pero en la biblioteca pública he tropezado con una improvisada estantería en su memoria, un altar profano donde se exponen sus mejores títulos. Es la otra gloria. “Ser inmortal, y después... morir”, dice un personaje de Godard en ‘Al final de la escapada’. O tal vez al revés: morir y después ser inmortal. Aunque sea un instante. 
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