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"Cuanto más arrecian las alabanzas hacia Isabel II, más crece la sospecha de que lo que realmente se está elogiando no es otra cosa que la longevidad"

Cuanto más arrecian las alabanzas hacia Isabel II de Inglaterra, más crece la sospecha de que lo que realmente se está elogiando no es otra cosa que la longevidad. Setenta años de reinado dan de sí lo suficiente como para llenar páginas de prensa y secuencias de documentales durante varios días, justo el tiempo necesario para dar salida a todo el material acumulado en las neveras donde se conservan los obituarios precocinados. La reina Isabel logró una rara conjunción de dos dimensiones a primera vista reñidas. Por un lado, la discreción, que viene a ser la cualidad de quienes no tienen cualidades. Por otro, la producción incesante de imágenes, signos y símbolos de una realeza que se legitimaba no tanto en la tradición como en la afectuosa acogida de unos súbditos convertidos en fans incondicionales. El Reino Unido y Occidente en general llevaban décadas preparándose para este momento estelar de la Historia. Entre tanto acontecimiento histórico inesperado como nos está tocando vivir, que ocurra algo notable que no nos coja por sorpresa es digno de agradecer: otro punto a favor de la difunta. Se ha retirado de puntillas, con un sigilo protocolario, como si hasta en el instante postrero cumpliera la agenda del día para dar paso al carrusel de ceremonias que nos espera en los próximos días. Desde que las monarquías se proyectaron a la industria del entretenimiento, las viejas liturgias cobran un nuevo sentido porque además de reafirmar los símbolos identitarios cumplen la función de dar espectáculo. Consciente o involuntariamente, la reina Isabel adoptó un papel estelar en esta comedia de la época, una mezcla de abuelita entrañable, hada madrina, icono pop, reliquia del pasado y figura decorativa kitsch que con todo su anacronismo resultaba fotogénica. Lo suyo ha sido permanecer inmóvil como un don Tancredo, sin significarse, sin intervenir, viendo pasar a su lado el vendaval de los tiempos y con él sucesivas tandas de monarcas, presidentes, ministros, papas, magnates, dictadores, plusmarquistas deportivos e ídolos musicales. No es extraño que su pérdida haya desatado la fiebre del luto más allá del Imperio.
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