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"Detrás de los cristales de un hotel cercano una pareja miraba la lluvia y me miraba a mí como se mira a un loco peligroso"

Avatar del Pedro CharroPedro Charro22/08/2022
Desde la cama oí caer la lluvia insistente, cada vez mas fuerte, como si tuviera rabia y se desquitase de este verano seco y abrasador y así siguió cayendo toda la noche. Cuando me despertaba en medio de un sueño oía su crepitar contra la ventana entreabierta por la que entraba decidido el aire de la tronada, y luego llegó un amanecer dubitativo, entre dos luces, en que todo seguía igual: el agua seguía empapando la tierra sedienta, insaciable, como un diluvio que no fuese a parar nunca, el aire silbaba entre los arboles genuflexos cercanos al mar, acostumbrados a la ventolera y la sal, y cuando envuelto en un chubasquero bajé hasta la playa, la mañana era pálida, abrumada por nubes densas y el mar era un viejo animal encrespado, verdoso, lleno de colinas adornadas de espuma, y la arena se había vuelto barro, arcillosa, y en ella una tromba de agua había hecho un gran cauce que desaguaba en la orilla y se perdía en el mar, como si cumpliera el augurio de una vieja metáfora que dice que nuestra vida son esos ríos que van a dar a la mar, que van a unirse a algo mayor que los contiene y con el que se confunden. Y por lo demás no se veía un alma. Detrás de los cristales de un hotel cercano una pareja miraba la lluvia y me miraba a mí como se mira a un loco peligroso. El paseo estaba desierto, como si un nuevo toque de queda se hubiera decretado. Junto a la tienda de libros usados habían desaparecido los tenderetes con las pilas de títulos irresistibles, arreciaba de nuevo la lluvia que luego paraba, jugando al escondite, el tiempo parecía haber perdido la cabeza definitivamente, después de que el calor extremo y los sucesivos incendios lo hubieran herido de muerte, y en mitad de la calle vacía el viento hizo de pronto un remolino que desparramó por los aires las hojas de un periódico en que aparecían las últimas noticias de rabiosa actualidad. Las opiniones de postín, todo lo que moriría sin remedio por la noche, barrido por el viento y la lluvia que se habían adueñado de todo y eran lo único que importaba.
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