"Queda saber de qué herramientas disponen nuestras sociedades para proteger la vida de personas como Rushdie"

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José María Romera

Actualizado el 21/08/2022 a las 16:32

Apenas ha transcurrido una semana del salvaje atentado contra Salman Rushdie, y ya resulta difícil encontrar en los medios de comunicación alguna noticia sobre su estado. Eso puede dar alguna idea sobre la importancia que estamos dando al caso. Pronto quedará en una anécdota arrastrada por el torbellino de la actualidad, hasta que venga otro fanático alentado por una fetua o una prédica cualquiera a ganarse su paraíso y volvamos a debatir sobre abstracciones tales como el derecho de responder a la ofensa con el crimen. No existe ese derecho, así de sencillo. Nadie puede disponer de la vida ajena bajo ningún concepto, por mucho que se retuerza la palabra respeto hasta hacer de ella una licencia para matar en nombre de una cultura, una creencia o una tradición supuestamente mancilladas. Zanjada la discusión, queda saber de qué herramientas disponen nuestras sociedades para proteger la vida de personas como Rushdie: voces que solo pretenden expresarse libremente sin convertirse en héroes ni en mártires de causa alguna, pero representan lo más valioso de nuestra civilización. Produce cierta tristeza pensar que Los versos satánicos no se publicaría hoy en día. Por un lado, crece un puritanismo justiciero que da alas a los ofendidos por cualquier nadería. Por otro, todos nos hemos vuelto más cobardes frente a las amenazas de verdad, aunque tratemos de disimularlo con el ejercicio de una opinión vociferante muy animada que se recrea en asuntos indoloros. Si la palabra es libre, el miedo lo es más todavía. No puede decirse que a Rushdie le venciera el miedo. Tras la persecución criminal decretada por Jomeini contra su persona, continuó escribiendo libros magníficos y cultivando el humor, el lenguaje, el juego y la imaginación con plena libertad. Quizá lo sagrado no reside tanto en los dogmas de las religiones hipersensibles a lo que ellas consideran blasfemias como en el ejercicio de la palabra viva y libre. De este ejercicio, y no de las mordazas de un fanatismo como el islamista, depende nuestro futuro. Ojalá que Salman Rushdie se recupere pronto para seguir recordándonoslo.

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