Ni viajando conseguimos librarnos -o sea, desconectar- del vicio moralizador de la época

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José María Romera

Publicado el 06/08/2022 a las 06:00

En los últimos tiempos la gente que sale de vacaciones acostumbra a decir que lo hace para desconectar. No para descansar ni para cambiar de aires, como se hacía antes, sino para desconectar. Sospecho que el lenguaje del ocio se nos está volviendo un poco eléctrico. Y también contradictorio, porque muchas veces los mismos que hablan de desconectar dicen que el objetivo de su viaje es cargar las pilas, operación esta que requiere mantenerse conectado a una toma de corriente. Una de dos: o te enchufas o te desenchufas, pero no las dos cosas a la vez porque te cortocircuitas. Los rituales del viaje están llenos de paradojas como esta, la no menor de las cuales es la del turista que de regreso a casa echa pestes del turismo. Es decir, reivindicamos el derecho a visitar lugares ajenos pero detestamos a quienes visitan el nuestro porque solo meten ruido y lo ensucian todo. El infierno siempre son los otros, como sostenía el filósofo. Tampoco está demostrado que viajar ensanche las mentes y vacune contra el virus del provincianismo. Hay gente muy viajada que parece desplazarse únicamente para concluir a la vuelta que como en su pueblo, en ninguna parte. Tal vez se deba a que no saben desconectar de la tribu, que siempre ofrece refugio a salvo de inclemencias. Otros se desplazan hasta el quinto pino con el único fin de hacerse un selfi con decorado fotogénico y mostrárselo a sus seguidores en las redes. Unos no consiguen desconectar del terruño y a otros les horroriza quedarse sin conexión wifi. Y otra paradoja más: mientras por un lado se supone que viajamos para gozar de libertad, por otro pretendemos imponer a los demás nuestros modelos correctos de viaje, destino, medio de transporte, alojamiento, actividades, comida, bebida, distracciones y hasta indumentaria. El caso es establecer diferencias entre viajeros buenos y malos, cuando el único precepto del turista debería ser este: viaja como te dé la gana, pero deja las cosas tal como las encontraste. Pero está visto que ni viajando conseguimos librarnos -o sea, desconectar- del vicio moralizador de la época.

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