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Codazos

El saludo de codos irrumpió en la pandemia con el brío de las normas sociales impuestas por decreto y con la fuerza arrolladora con que algunas maneras zafias e ineducadas se abren camino sin pedir permiso, avaladas únicamente por el uso general. Aunque era un saludo feo y descompuesto, lo adoptamos porque se nos aseguró que actuaría como barrera contra la enfermedad, como un corte de mangas a un virus imprevisible frente al que a falta de vacunas no cabía otra solución que el repudio del contacto humano. Bastó poco tiempo para que los codos asumieron las funciones antes encomendadas a labios y manos, desterrados fulminantemente del lenguaje físico de los afectos. En el futuro la historia de la pandemia registrará con precisión los casos de contagios y muertes, las formas de la infección y las consecuencias sanitarias y económicas del paso de este maldito vendaval por nuestras vidas, pero no es probable que se ocupe de los daños causados en el trato humano. El saludo cubital fue la expresión descarnada de una hostilidad definitiva entre semejantes, la marca de una distancia creciente tejida de desconfianza y sospecha, quizá a tono con los tiempos de discordia que nos ha tocado vivir. Pero contra todo pronóstico resulta que de la noche a la mañana se ha esfumado. Ya no se ve ni en las calles ni en los salones, ni en las reuniones de trabajo, ni en las competiciones deportivas. Es una buena noticia, y no solo por lo que tiene de esperanzador para quienes todavía creen en el valor de la elegancia postural. Anima a pensar que quizá algún día recuperaremos el catálogo de los viejos saludos aunque de momento nos tengamos que conformar con los cruces de miradas. Uno repasa ahora periódicos de uno o dos años atrás y se sorprende de ver aquellas fotos con escenas de torpe coreografía en las que la gente, más que saludarse, se lanzaba a hacia el otro con saña, apuntándole con un codo cargado de grosería que parecía buscar el choque en vez del encuentro amistoso. El hecho de que ahora lo veamos como un gesto anacrónico y ridículo puede indicar que vamos por el buen camino. 
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