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Los Sanfermines siempre han sido una especie de serpiente de verano

Ayer 15 de julio las autoridades locales nos ofrecieron el balance sanferminero, que les ha salido entre espectacular y maravilloso pero a mí me pareció un poco precipitado. Deberían haber esperado cuatro o cinco días, hasta conocer los datos pandémicos. Por otra parte se echaba en falta un capítulo para las temperaturas, que han sido elevadas tirando a insoportables y que algo habrán tenido que ver en otro capítulo ausente, el de los vertidos de aguas menores sobre el pavimento, donde también se han batido plusmarcas olímpicas. Claro que ambos parámetros exceden las competencias municipales, pero pasa lo mismo con las cifras de llegada de forasteros y sin embargo el Consistorio las ha hecho suyas con gran satisfacción. Vistos desde fuera, los Sanfermines siempre han sido una especie de serpiente de verano que cumplía perfectamente la función asignada por los medios al mítico reptil: cubrir la falta de noticias provocada por la inactividad política, social y cultural. Ahora las cosas empiezan a cambiar porque el letargo no está siendo tal. Ni el horror ha tomado vacaciones en Ucrania, ni aquí los padres y madres de la patria se han privado de librar sus batallas y agitar sus espantajos. Para qué recurrir a serpientes de ficción cuando campan por sus respetos monstruos reales como la inflación, la crisis energética, la amenaza nuclear, el drama migratorio, el cambio climático o el comisario Villarejo. Y nada digamos del calor, decidido a ser el rey de nuestras conversaciones achicharradas y el eje temático de nuestras columnas derretidas. Dejó claro Cervantes que las estaciones del año no eran cuatro, sino cinco si contábamos el estío, que viene a ser la fase más aguda del verano. Hoy habría tenido que añadir una sexta: el infierno. Todo hace temer que en lo sucesivo habrá que acostumbrarse a estaciones como esta que padecemos, infernal en todos los sentidos, que sería la tormenta perfecta si no fuera porque las tormentas perfectas no existen; siempre hay sitio para un trueno más fuerte o un incendio más voraz. Ya lo dijo otro poeta: quien puede explicar cómo arde, es que arde poco.
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