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"No soplan vientos de bonanza precisamente, y sin embargo la frase que mejor describe el momento actual es 'hay ganas'"

No soplan vientos de bonanza precisamente, y sin embargo la frase que mejor describe el momento actual es “hay ganas”. Se oye a todas horas. Hay ganas de verano, hay ganas de playa, hay ganas de sanfermines, o de fuegos artificiales, o de encierros, tanto da: lo que hay son ganas a secas, es decir, reina un estado de ánimo colectivo de ilusión a despecho del sombrío panorama circundante. ¿Signo de insensatez o síntoma de optimismo a prueba de bomba? ¿Autoengaño o resiliencia? Supongo que un poco de todo. El caso es que vamos siendo arrastrados por una corriente embriagadora de planes y proyectos lúdico-festivos, una corriente cargada de promesas gastronómicas, sueños viajeros y días de vino y rosas que anima a tirar la casa o lo que queda de ella por la ventana. Un empresario del ramo turístico a quien entrevistan en la radio lo ha explicado en el lenguaje del sector: por el momento la inflación no está desactivando la demanda. O sea, que la gente está dispuesta a pagar lo que sea con tal de no perderse las vacaciones. Porque son las primeras después de la pandemia o porque puede que sean las últimas antes de la ruina. O, como diría el poeta, porque se resiste a que la realidad derrote al deseo. Pero el “hay ganas” dicho así, en impersonal, es como si el deseo se hubiera deslocalizado, como si fuera algo ajeno al deseador, una llamada de algo superior e imparable que absuelve del esfuerzo de moderación, un impulso primario de comerse el mundo a bocados y sin contemplaciones. No es que cada individuo tenga sus ganas particulares orientadas a un objeto concreto de deseo, sino que “hay ganas” así en general, como un imperativo ambiental, como un delirio de cigarras ciegas y desmelenadas que acalla las advertencias de la hormiga. Ya vendrá más tarde el tío Paco con la rebaja, pero por de pronto todo invita a disfrutar de este contagioso estado de espera ansiosa y de anhelos redoblados. La situación que vivimos ha propiciado el encuentro feliz de dos fuerzas igualmente poderosas: las ganas de vivir de la gente y las ganas de forrarse de los hosteleros. ¿Qué podría salir mal?
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